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Unos 400 años después de haber sido condenado por la Inquisición, el astrónomo va a ser homenajeado por la Iglesia
Por siglos, la Iglesia Católica ha encargado la elaboración de estatuas de santos y otros héroes religiosos, pero un tributo a un personaje histórico la tiene ahora en una posición incómoda: un monumento a Galileo Galilei, su hereje más notable. Casi 400 años después de que la Inquisición condenara a Galileo Galilei por insistir que la Tierra giraba alrededor del sol, un donante anónimo ha ofrecido a la Academia Pontifi cia de las Ciencias pagar por una estatua del astrónomo italiano.
Sin embargo, nada que se relaciona a Galileo, una fi gura que ha causado controversia desde principios del siglo XVII, es sencillo.
Galileo es "como una telenovela mexicana, nunca termina", dice Monseñor Melchor Sánchez de Toca, del Consejo Pontifi cio de la Cultura del Vaticano.
El Vaticano quería mantener el proyecto en secreto. Temía que su benefactor ¿ una compañía no identifi cada del sector privado¿podría echarse atrás. Pero la noticia de la donación se fi ltró a la prensa italiana.
Para los devotos, Galileo ha sido siempre un tema sensible. Su juicio y condena por un tribunal de la Iglesia en 1633 bien puede ser la mayor debacle de relaciones públicas del Vaticano: presentó al científi co como un mártir de la verdad y a la Iglesia como enemiga de la razón. Monseñor Sánchez, que escribió un libro sobre Galileo y el Vaticano, cree que una estatua sería un "hermoso gesto" y mostraría que la ciencia y la fe son ramas del mismo árbol.
A lo largo de los siglos, el Vaticano ha tratado, a veces a regañadientes y siempre en vano, de corregir su equívoco con Galileo. Empezó a permitir la publicación de algunos de sus libros en 1718. Abandonó sus últimos vestigios de oposición a la idea de que la Tierra gira alrededor del sol en 1835, cuando eliminó todas las obras en defensa del heliocentrismo de su índice de libros prohibidos. En 1992, el Papa Juan Pablo II expresó su pesar por lo que llamó una "trágica incomprensión mutua".
Hoy, la Iglesia insiste en que no tiene ningún problema con la ciencia. En mayo, incluso, el principal astrónomo del Vaticano declaró que la teología cristiana puede incluir la posible existencia de extraterrestres.
Las discusiones sobre Galileo, sin embargo, persisten. En enero, estudiantes y profesores en la Universidad La Sapienza de Roma obstaculizaron los planes de una visita del Papa Benedicto XVI a su campus porque en 1990, en un discurso en su universidad, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger hizo comentarios que algunos interpretaron como una defensa de la condena a Galileo por la Iglesia.
Galileo y la Iglesia se llevaban bien en un principio. Laureado en toda Europa por sus escritos científi cos, el desarrollo de un telescopio y otros logros, Galileo tenía muchos amigos en la Iglesia, una institución que jugó un papel importante en la instigación del talento intelectual.
La Inquisición, una red de tribunales eclesiásticos comprometida con el cumplimiento ortodoxo de la doctrina, objetó el contenido de algunos de los escritos de Galileo, pero las cosas se pusieron serias tras la publicación en 1632 del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo.
El texto defendía la idea entonces novedosa de un universo cuyo centro es el sol ¿conocida como heliocentrismo¿ desarrollada por el polaco Nicolás Copérnico. Según la doctrina vaticana del momento, esa noción era "falsa y contraria a las Escrituras".
Llamado a Roma para explicar su herejía heliocéntrica, Galileo terminó accediendo a declararse culpable de "sospecha de herejía" a cambio de una condena menor. El Papa Urbano VIII, que había sido considerado su amigo, condenó a Galileo a prisión indefi nida, y sus libros fueron prohibidos.
Comparado con otros condenados por desafi ar el dogma, Galileo tuvo suerte y evitó los castigos más truculentos de la Inquisición, la hoguera y la guillotina.
Sirvió la mayor parte de su sentencia en las villas de la nobleza toscana.
Para el Vaticano, denunciar al hombre que Albert Einstein consideró el padre de la ciencia moderna situó a la Iglesia en el lado equivocado de la historia.
Galileo se convirtió en un ícono global. La NASA dio su nombre a una nave y Europa hizo lo mismo con un gigantesco proyecto de navegación por satélite. Guatemala nombró una universidad en su honor y las lunas de Júpiter también llevan su nombre.
En 1978, el Papa Juan Pablo II quiso corregir las cosas de una vez por todas y convocó una comisión pontifi cal para reexaminar el juicio a Galileo. Pero tras 12 años de estudio, la comisión emitió un reporte a medias tintas, culpando a "ciertas personas" de perseguir a Galileo, pero no ofreció un mea culpa. Incluso, el Vaticano está teniendo difi cultades para encontrar un lugar para la estatua.
"Tenemos ya mucho arte allí dentro, alguno de grandes maestros. Así que ¿dónde va poner una estatua de Galileo?", preguntó Nicola Cabibbo, presidente de la Academia Pontifi cia de Ciencias.