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Editorial / Un muro en la frontera

Publicado el 06-11-09

A medida que las relaciones comerciales con Venezuela se han venido empeorando, y en especial en los meses recientes a raíz de la serie continuada de agresiones verbales del presidente Hugo Chávez contra Colombia, con motivo del acuerdo entre Bogotá y Washington sobre las bases militares, la preocupación de autoridades, analistas y opinión pública ha estado casi exclusivamente centrada en los graves efectos económicos de los repetidos cierres fronterizos, el deterioro del comercio bilateral y, en especial, de las exportaciones de productos colombianos al vecino país.

Eso se explica porqué una caída como la que las ventas a ese destino han experimentado en el segundo semestre del año en curso tiene un costo significativo para decenas de grandes, medianas y pequeñas empresas, que sufren un golpe severo en sus ingresos, golpe de consecuencias aún más delicadas cuando se trata, en muchos casos, de industrias altamente generadoras de empleo.

Pero aún así, con los acontecimientos de los días recientes y sin que las consecuencias económicas del perjuicio en las relaciones entre Bogotá y Caracas deban ser dejadas de lado, la verdad es que las mayores inquietudes han ido girando del campo de los negocios y el empleo, al político e incluso al militar y de seguridad.

Los gravísimos episodios de esta semana en los pasos fronterizos, con la muerte de dos uniformados de la Guardia Nacional venezolana y el apresurado e irresponsable señalamiento de Chávez a "paramilitares colombianos" por ese crimen, las acusaciones mutuas de espionaje, y los atropellos contra cientos de trabajadores y comerciantes informales bajo la amenaza de guardias venezolanos armados, conforman un explosivo coctel.

Por lo anterior, se ha generalizado la sensación de que, en cualquier momento, estos incidentes podrían escalarse y conducir a una confrontación que pasará de la agresividad verbal al campo armado. Este escenario se complica por la delicada situación interna del Gobierno de la Revolución Bolivariana. Cuestionado por amplios sectores de la población por cuenta de los racionamientos de electricidad -gran ironía en un país que es potencia energética mundial por sus enormes reservas de petróleo-, y de agua potable en grandes centros urbanos como Caracas, algunos expertos no descartan que la creciente hostilidad verbal del mandatario venezolano, no sea más que una cortina de humo destinada a distraer a sus gobernados de los difíciles problemas internos.

Si esta inquietante lógica resulta cierta, vale preguntarse si a medida que la marea aumente de nivel -como parece que va a seguir ocurriendo en Venezuela-, Chávez va a continuar escalando los roces con Colombia hasta superar límites que nadie se atreve siquiera a mencionar por su nombre. No es la primera vez, al fin y al cabo, que en la historia de América Latina un gobierno decide jugarse la carta de la agresión externa para frenar su declive.

Frente a esto, ¿qué deben hacer las autoridades colombianas, a sabiendas de que es imposible construir un muro en la frontera? No hay duda de que lo primero es conservar la calma y evitar a toda costa dejarse arrastrar por el Palacio de Miraflores y sus subalternos, a una escalada verbal que incendie la frontera. En eso, el canciller Jaime Bermúdez parece el hombre indicado para la tarea, con esa mezcla de prudencia y tino que le ha permitido reconstruir las deterioradas relaciones con otro importantísimo vecino, Ecuador.

Pero eso no basta. Colombia está en mora de lanzar una ofensiva diplomática en la región y en los organismos multilaterales, para generar la debida presión política sobre Caracas, que evite que el Gobierno de Chávez traspase el Rubicón y que, en consecuencia, la crisis llegue al terreno más delicado, el de la fuerza, aquel cuya sola mención opaca desde ya las preocupaciones -que no son pocas- que genera el deterioro del comercio bilateral. Está claro que en estos momentos poco o nada se puede hacer para mejorar las relaciones. Pero al menos hay que multiplicar todos los esfuerzos para evitar un detrimento más grave, que lleve el asunto a pasar de castaño a oscuro. 

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