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Editorial / Realidades encontradas

Los ires y venires que han tenido lugar en el proceso de reanudar las relaciones diplomáticas rotas con Ecuador hace algo más de año y medio, han vuelto a poner de presente lo difícil que es para Colombia hablar con una sola voz, cuando de temas internacionales se trata.

En este caso en particular, la nueva etapa que comenzó con reuniones de autoridades de los dos países, se ha visto paralizada súbitamente. La razón es la actuación de un juez de la provincia de Sucumbíos, quien primero emitió una orden de captura contra el ex ministro, Juan Manuel Santos, y más recientemente contra el comandante de las Fuerzas Militares, el general Freddy Padilla. En ambos casos, el requerimiento tiene que ver con la Operación Fénix, que tuvo lugar en contra del campamento que albergaba al desaparecido líder de las Farc, 'Raúl Reyes'.

Ante semejante decisión, el Gobierno colombiano ha expresado su lógico rechazo. Pero combatir la que de hecho es una determinación absurda, ha llevado a la congelación de las conversaciones. Es cierto que el objetivo de llegar a un acuerdo se mantiene, según lo dicho en Bogotá y Quito, pero en la prensa han vuelto aparecer declaraciones de funcionarios distintos al Canciller y al Presidente, cuestionando la independencia de los poderes públicos ecuatorianos, así como informes de fuente oficial, sobre la presencia de campamentos guerrilleros al sur de la línea divisoria. Dicha actitud se contrapone con la de quienes piensan que hay que volver a tender los lazos, precisamente para responder a las sindicaciones y para adelantar programas de cooperación binacionales, no sólo en materia militar, sino de desarrollo económico y social.

Para quienes miran las cosas con un prisma más amplio, el caso referido es un ejemplo más de los vacíos institucionales que hay en un tema cada vez más importante para Colombia. Y es que la realidad muestra que un país que tradicionalmente ha mirado más hacia adentro que hacia afuera, ante la magnitud de sus problemas internos, está hoy más globalizado que nunca. Es bueno tener en cuenta que el peso del comercio exterior en el Producto Interno Bruto aumentó en cerca de 10 puntos porcentuales, ubicándose por encima del 30 por ciento, en algo más de una década.

Por otra parte, la llegada de inversión extranjera que hasta hace muy poco se contaba en los cientos de millones de dólares, se ha mantenido en los miles, a pesar de la crisis internacional. Hoy por hoy, el territorio nacional es el tercer destino para los capitales foráneos en la región, con un retroceso de apenas 8 por ciento en lo que va del 2009. Tampoco se puede olvidar el peso de las remesas que envían casi 4 millones de colombianos que viven en otras latitudes y que constituyen el tercer rubro de ingreso de divisas.

A lo anterior hay que agregarle otras manifestaciones, en lo cultural y en lo deportivo, que dejan en claro que hoy en día Colombia es mucho más que "un pequeño país de café y cocaína", como alguna vez lo llamó la revista Time. De hecho, el director del Financial Times sostuvo en El Tiempo que el país puede llegar a ser un pequeño Brasil, una comparación nada despreciable si se tiene en cuenta que la nación más grande de Suramérica va en camino de convertirse en la quinta economía más grande del mundo.

Pero mientras todo eso sucede, se ha dado marcha atrás. La Cancillería es irrespetada por la Casa de Nariño y otros ministerios, en buena parte, porque muchos de sus funcionarios en el exterior son resultado de cuotas políticas. Los embajadores, con muy pocas excepciones, tienen un papel discreto, entre otras porque algunos han recibido instrucciones de limitar su papel al plano comercial y nada más.

La Comisión de Relaciones Exteriores, por su parte, se ha reunido poco en este Gobierno y no ha sido la fuente de consensos ni el soporte de una política de Estado que, realmente, no existe. Por esa razón, mientras la realidad de una mayor inserción internacional del país va para un lado, la de unas instituciones atrasadas, descoordinadas o desconectadas con ese hecho fehaciente, va para el otro. Y nada, lamentablemente, hace pensar que tal situación vaya a cambiar en un futuro cercano.

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