Desde cuando se dispararon las alarmas en torno a la crisis internacional, los expertos señalaron que la caída en el crecimiento mundial se sentiría en todos los rincones del planeta. No obstante, aunque el mayor impacto lo han recibido las naciones más ricas, es claro que en términos de personas el impacto recaerá en los más pobres.
Así lo dejó en claro hace pocos días la Organización para la Agricultura y la Alimentación, vinculada a las Naciones Unidas. Según la entidad, el número de gente con hambre -que comprende a quienes no logran consumir la dieta calórica mínima todos los días- subiría a algo más de mil millones de seres en el 2009.
Dicha cifra es la más alta desde 1970 y su explicación radica no en la poca abundancia de comida o a las malas cosechas, sino en los altos precios de los alimentos, los menores ingresos familiares y el incremento en el desempleo generado por la recesión global. Del total de personas hambrientas, 642 millones se encuentran en Asia, 265 millones en el África sub sahariana y 53 millones en América Latina.
Semejante panorama es un reflejo angustioso de las grandes disparidades que existen en el mundo, a pesar de innegables avances en diversas latitudes. No menos complejo es el reto para los años que vienen, teniendo en cuenta que los habitantes de La Tierra deberían llegar a 9.100 millones de personas en el 2050.
En respuesta, la producción de alimentos debería crecer 70 por ciento, algo que no será fácil a la luz del cambio climático y de la presión que sobre la tierra cultivable crea la demanda de biocombustibles.
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