Una vez más, y como si fuera un disco rayado, el director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Pascal Lamy, pidió ayer desde Ginebra un mayor compromiso mundial para concluir las negociaciones de la Ronda de Doha antes de que finalice el 2010.
En todos los tonos Lamy ha intentado destrabar unas conversaciones que permanecen empantanadas desde hace ocho años y que, por cuenta de la crisis internacional, parecen hundirse cada vez más entre arenas movedizas.
Es cierto que los países del Grupo de los Veinte (G-20) se han comprometido en un sinnúmero de ocasiones en concluir la Ronda. Sin embargo, y como el mismo Lamy señaló, estas buenas intenciones se han quedado sólo en palabras.
Estados Unidos, por ejemplo, ha señalado que está comprometido con destrabar las conversaciones, no obstante, explica que no ha materializado esa voluntad en la mesa de negociaciones, ya que no encuentra que sus esfuerzos por reducir los subsidios agrícolas se vean retribuidos con una mayor apertura de los mercados.
Brasil, en cabeza del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, es la voz más altisonante de los países emergentes. A pesar de sus buenas intenciones 'una sola golondrina no hace verano', y sacar adelante unos convenios en los que hay tantos intereses dispares es imposible si sólo un país se encarga de jalar el vagón.
La petición hecha ayer por Lamy, de dejar atrás las buenas palabras y convertirlas en acciones concretas, parece un llanto desesperado al que cada vez menos naciones le prestan atención.
La próxima reunión ministerial que tratará el tema desde el 28 de noviembre, será entonces el escenario definitivo en el que se sabrá si el mensaje de Lamy caló o se quedó en simples palabras.
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