A la tan anunciada apretada de tuercas que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quiere aplicar en el sistema financiero de su país, encontró el viernes pasado su primera piedra en el zapato.
En la Cámara de Representantes, 14 republicanos y tres demócratas solicitaron al Gobierno que investigue a profundidad a la Reserva Federal (FED), antes de poner a andar la reforma.
Y es que en el plan de restructuración presentado hace unas semanas por Obama, la institución que dirige Ben Bernanke recibiría una amplia serie de poderes, que convertirían a la FED en un megaorganismo de control financiero.
Las dudas de los Representantes de ambos partidos están infundadas en los rumores de que el propio Bernanke influyó en la compra del quebrado banco Merrill Lynch por parte de su rival Bank of America.
El presidente de la Reserva Federal estadounidense le salió al paso a las críticas y dijo que de ninguna manera ejerció presión para que se cerrara el negocio.
Sin embargo, algunos políticos en Washington insisten en esta teoría y han pedido incluso que los funcionarios de la FED revelen sus correos electrónicos para analizar en profundidad el caso.
Más allá de si la FED tuvo incidencia en la negociación, lo que verdaderamente preocupa a los legisladores estadounideses es que la institución quedaría con unos poderes desmedidos y con muy pocos controles sobre su actuación.
El temor va más allá de la simple concentración del poder y tiene que ver con que por cuenta de la falta de control a una institución se pueda repetir una crisis como la actual.
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