No llega en buen momento la huelga de camioneros, cuya hora cero comienza en la noche de hoy y que tiene como motivación central exigir una disminución en el precio de los combustibles en el país. La razón es que basta mirar las cifras más recientes sobre la evolución de la economía, para darse cuenta de que un cese de actividades que puede ocasionarle trastornos agudos a la actividad productiva, resulta inconveniente. Ayer, por ejemplo, el Dane informó que el comportamiento de la industria manufacturera fue negativo en 12,8 por ciento en febrero, una de las peores cifras de la década. Por su parte, el comercio también registró un saldo en rojo, con una disminución de 4,1 por ciento en las ventas. Dicho de otra manera, la protesta anunciada equivale a ponerle un freno adicional a un país que viene andando a pasos muy lentos.
Pero esa no parece ser la preocupación de algunos de los gremios que reúnen a los transportadores. Y es que desde hace meses las relaciones entre el Gobierno y los profesionales del volante no son las mejores, pues no es ésta la primera vez en que se llega a las vías de hecho. Si en el pasado la piedra de la discordia fue el supuesto irrespeto a la tabla de fletes, ahora es el costo de los insumos. En ambos casos, el desacuerdo está relacionado con el que supuestamente es un parque automotor excesivo, que no ha disminuido de tamaño a pesar de los programas de chatarrización en marcha. Según cifras del Ministerio de Transporte, por el territorio nacional ruedan unos 190.000 camiones, de los cuales algo menos de 30.000 son tractomulas. Dicha situación ha generado guerras de tarifas y competencia desleal, cuya solución es difícil de poner en práctica debido a la informalidad existente.
Así las cosas, los empresarios del ramo quieren enfocarse en el tema de los costos. El caso más obvio es el de la gasolina y el diésel, cuyo nivel permanece artificialmente alto, después de que el Ejecutivo decidiera no ajustar los precios hacia abajo, una vez tuvo lugar la descolgada en las cotizaciones del petróleo. De acuerdo con el Ministerio de Minas, que fue el promotor de la decisión, se trata de ahorrar el diferencial entre costos locales e internacionales, con el fin de nutrir un fondo que al cierre del primer trimestre ya tenía en sus arcas unos 800.000 millones de pesos. La justificación de la medida es que, cuando pase la crisis y la demanda de insumos energéticos repunte, el consumidor colombiano tendrá un seguro para atenuar los reajustes que serían obligatorios en otras latitudes.
Semejante política ha sido criticada, con razón, por los más diversos analistas. En medio de la desaceleración resulta equivocado castigar al consumidor y evitar tanto un aumento en el ingreso disponible de los colombianos, como una mayor baja en la inflación. Pero ninguno de los argumentos exhibidos han sido suficientes para conmover a los funcionarios públicos, a pesar de que entidades como Fedesarrollo han propuesto fórmulas totalmente justas que evitarían los vaivenes permanentes en los valores del galón de gasolina y del acpm.
Ese factor puede darle impulso a las protestas, por la simpatía que genera entre los conductores de vehículos de pasajeros, tanto urbanos como intermunicipales, al igual que en la gente del común. La ironía de la situación, sin embargo, es que si los transportadores logran su cometido, su aspiración no es bajar los costos del servicio, sino ampliar su margen de ganancia, con el fin de compensar la disminución en el volumen de carga acarreada, afectada a su vez por la menor actividad económica.
Frente a un posible endurecimiento de las posiciones, hay que preguntarse cuál puede ser la actitud del Gobierno. En el pasado, éste fue acusado de plegarse con facilidad a las demandas de los empresarios y ofrecer planes irrealizables que acabaron siendo caldo de cultivo de las quejas actuales. Ahora, con la marea más alta, queda la inquietud sobre si abandonará su política actual o si la mantendrá a pesar de las protestas. En otras palabras, frente a los dueños de los camiones la disyuntiva es dar marcha atrás o seguir avanzando por la misma vía, a pesar de que el camino es mucho más tortuoso que en el pasado reciente.
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