Culminada la cumbre de mandatarios en Puerto España, en la isla antillana de Trinidad, no hay duda de que soplan nuevos vientos en América. Y ello en gran medida por la aparición en el escenario del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien con poco menos de cien días en la Casa Blanca, parece decidido a romper con muchos de los paradigmas que han marcado la política exterior de Washington. Para empezar, y aunque es evidente que las grandes preocupaciones del Gobierno norteamericano siguen estando en el medio y hasta en el lejano oriente, por cuenta de Corea del Norte, al menos resulta claro que el líder demócrata no va a darle la espalda a América Latina, como de algún modo les ha sucedido a sus antecesores.
Para empezar, hay una cuestión de actitud, de decidido cambio de tono y de maneras frente a lo que caracterizaba al presidente George W. Bush. El amistoso apretón de manos entre Obama y el presidente venezolano Hugo Chávez, el divertido agradecimiento al nicaragüense Daniel Ortega porque esta vez no lo haya culpado de la invasión de Bahía Cochinos, ocurrida cuando el actual inquilino de la Casa Blanca estaba recién nacido, y las referencias a la intención de dialogar frente a frente con el Gobierno cubano, hacen pensar que algo nuevo está pasando bajo el sol del hemisferio. Y no se trata solo de gestos. Días antes de la cumbre, Obama decretó la liberalización de los viajes de ciudadanos estadounidenses a Cuba y abrió las puertas al envío de dinero a las familias cubanas que tanto lo necesitan en la isla.
La apertura no comprende únicamente a los gobernantes de izquierda del continente. En días recientes, tanto el mexicano Felipe Calderón como el colombiano Álvaro Uribe, ambos muy lejanos de la corriente del llamado socialismo del siglo XXI, han recibido buenos mensajes. El primero fue visitado por Obama antes de la cita de Puerto España y en el encuentro en Ciudad de México, el presidente estadounidense aceptó la responsabilidad de su país en la demanda de drogas ilícitas, respaldó la dura ofensiva contra los carteles aztecas de la droga y abrió las puertas a discutir la política migratoria de Washington, una vieja e insatisfecha aspiración.
En cuanto a Uribe, ambos presidentes hablaron algunos minutos en Trinidad y Tobago, donde el mandatario de Estados Unidos no sostuvo encuentros bilaterales formales, sino charlas puntuales individuales o con grupos de países. Obama le pidió al representante comercial de su Gobierno, Ron Kirk, que trabaje con el equipo colombiano para hallar salidas al estancamiento del TLC firmado entre los dos países, pero pendiente de aprobación por el Congreso estadounidense. Es la primera señal clara de la nueva administración sobre el tema y, con razón, el Gobierno Nacional la recibió con optimismo. No podría ser de otro modo: resultaría incomprensible que Washington se acercara a Caracas y se endureciera con Bogotá.
Nada de lo anterior quiere decir que se vayan a dejar de lado algunos desacuerdos seculares, como quedó claro en los discursos de los presidentes miembros del Alba, encabezados por Chávez, y en la polémica por la declaración final. Pero la llegada de un aire fresco es evidente, así como el cambio de prioridades. En el caso de Obama, estas también tienen que ver no solo con rechazar el proteccionismo y respaldar el aumento de recursos en las entidades multilaterales, sino con el énfasis en los derechos humanos, como quedó claro cuando habló de Cuba. Como quien dice, 'lo cortés no quita lo valiente', y de seguro algo similar sucederá con otros países de la región, a quienes sectores demócratas y ONG acusan de no tener los mejores indicadores en estas materias.
En el caso colombiano, no hay duda de que para destrabar el TLC, este espinoso asunto ocupará un lugar importante, con temas como el asesinato de sindicalistas y otros. Pero más allá de ello, hay que recibir con optimismo lo ocurrido en Puerto España. Y es que el principal peligro en estos asuntos no es el de tener diferencias con la administración demócrata, pues estas se pueden tramitar en un escenario de diálogo, sino el que la región y el país queden relegados a un segundo plano. Al parecer, ese no será el caso.
PUBLICIDAD