Incluso en la patria que vio nacer al socialismo del siglo XXI, ha sido sorpresiva la más reciente ofensiva del presidente Hugo Chávez contra el sector privado. En los últimos días, el mandatario vecino ordenó la expropiación de una planta procesadora de arroz de una multinacional, intervino un cultivo forestal de otra firma extranjera y amenazó al grupo Polar, fabricante de la cerveza del mismo nombre, con quitarle sus activos. La principal justificación en esta oportunidad, es la supuesta violación a las normas que fijan cuotas para la producción de alimentos sometidos al control de precios. Pero más allá de los méritos del alegato, es evidente que el inquilino del Palacio de Miraflores sigue con el proceso de estatización de empresas claves, tanto por razones ideológicas, como políticas y económicas.
También hay en lo sucedido consideraciones prácticas. Gracias al triunfo de la propuesta de reelección indefinida en el referendo que tuvo lugar a mediados de febrero, el presidente venezolano tiene un gran espacio para tomar medidas que son recibidas con entusiasmo por sus partidarios y con resignación por sus opositores. No obstante, quizás en lo acontecido pesa más la certeza de que la situación es insostenible debido a la descolgada en los ingresos externos. Bajo esa lógica, sería necesario extender los tentáculos en el área de provisión de bienes de primera necesidad, para cuando llegue la destorcida.
Porque un ajuste es inevitable, así Chávez sostenga que la economía está blindada. De acuerdo con el experto Pedro Palma el apretón que se viene es muy severo, así no se les crea a los que pronostican tiempos más duros. La razón es simple y tiene que ver con los precios del petróleo, cuyo nivel llegó en el inicio del año apenas a 42 por ciento del registrado en igual periodo del 2008. De continuar esa situación, las exportaciones de crudo serían de menos de 30.000 millones de dólares, una cifra inferior en 18.000 millones a las importaciones registradas en el ejercicio pasado.
Un faltante comercial de ese tamaño solo podría cerrarse con recursos de afuera o con medidas para reducir las compras en el exterior. Como obtener los primeros es casi imposible dadas las condiciones actuales en materia de crédito o inversión extranjera, la segunda opción parece inevitable, a menos que Venezuela decida gastarse los ahorros que supuestamente hizo en las épocas de bonanza. Aunque los conocedores opinan que lo que se viene es un acceso cada vez más restringido para la compra de divisas a la tasa oficial de 2,15 bolívares fuertes por dólar. Eso, en términos prácticos, equivaldría a una devaluación que afectaría, de paso, a los exportadores colombianos.
El lío es que una determinación en ese sentido puede conducir a que la inflación venezolana, que en el 2008 se acercó al 30 por ciento, siga como la más alta de América Latina. La diferencia es que en el pasado la espiral alcista fue resultado de un aumento en la demanda, mientras en este caso sería consecuencia de mayores costos. Eso, en condiciones normales, debería llevar a una reactivación de la actividad productiva interna, pero el aparato industrial está desmantelado y no tiene capacidad para responder.
Además, nadie está interesado en invertir bajo un Gobierno que seguramente tratará de limitar las alzas con más amenazas y confiscaciones, como las de días pasados.
Tales circunstancias van a hacer más difícil cubrir el faltante fiscal, calculado en 8 por ciento del Producto Interno Bruto venezolano.
En respuesta, Chávez puede aumentar los impuestos o cortar los gastos, pero cualquier decisión va a tener un efecto negativo sobre el crecimiento económico. Debido a ello, los economistas independientes hablan de una contracción de entre uno y dos por ciento en el PIB, que hará las cosas más complicadas de manejar.
Predecir la respuesta de Caracas en medio de la turbulencia, es particularmente compleja. Acostumbrado a manejar las cosas con mano de hierro, es muy probable que Hugo Chávez trate de culpar a los empresarios de la situación y quiera tomar bajo su control un mayor número de compañías. Ante esa posibilidad lo mejor que puede hacer Colombia es mantener los ojos bien abiertos para que el coletazo que va a llegar desde el otro lado de la frontera, no la tome desprevenida.
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