Esa conocida frase que afirma que todo lo que sube tiene que bajar, volvió a cobrar relevancia ayer en Wall Street, por cuenta del descalabro en el mercado de acciones. Confirmando que las cosas han pasado de castaño oscuro, el índice Dow Jones cayó por debajo de los 7.000 puntos, por primera vez desde 1997. Una vez más, las pésimas perspectivas de la economía estadounidense tuvieron que ver en lo sucedido, pero los resultados de una que otra empresa también resultaron involucrados. Quizás el caso más extremo fue el de AIG, el gigante asegurador que tuvo que ser rescatado por el Gobierno norteamericano hace pocos meses. A pesar de que su negocio de riesgo era rentable, el conglomerado se metió en el tema de los derivados financieros con pésimos resultados. Tantos, que registró una pérdida de 61.700 millones de dólares el trimestre pasado, la mayor en la historia del capitalismo. Como si eso no fuera poco, el pesimismo siguió circundando a los principales bancos, mientras que las perspectivas del sector industrial muestran, ante todo, balances en rojo. Y esa es una situación mundial. Tanto las bolsas en Asia como en Europa tuvieron retrocesos significativos debido, entre otros factores, a los inmensos problemas que enfrentan varias economías que pertenecían al antiguo bloque soviético. Aunque a primera vista eso no debería ser causa de inquietud, el lío es que varias entidades financieras del Viejo Continente tienen apuestas billonarias en Hungría o Polonia. Por su parte, la bolsa de Colombia cayó 2,5 por ciento, al igual que las de la región latinoamericana. En todos los casos, las razones fueron las mismas: si el chaparrón le ha ocasionado daños a los más ricos, es imposible que las economías emergentes resulten indemnes de la situación. Además, aunque no hay certeza sobre el final de la crisis, todos concuerdan en que las cosas se van a poner peor.
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