Como si hubiera alguna duda de que con Barack Obama en la Casa Blanca y los demócratas en el Congreso las cosas son a otro precio, un documento conocido ayer sirvió para poner los puntos sobre las íes. En el escrito, la nueva administración esboza su agenda en materia comercial, tema clave en estos tiempos de recesión y malas noticias. Además el Gobierno estadounidense aclara su posición sobre los tratados de libre comercio, un asunto sensible para Colombia, pues el país lleva más de dos años esperando a que el legislativo norteamericano ratifique lo acordado. Eso, si ocurre, no va a ser pronto. Así se desprende de lo dicho por Washington que afirma que dentro de los temas que tiene pendientes, el pacto suscrito con Panamá debería moverse rápido, pero que los de Colombia y Corea del Sur dependerán del cumplimiento de una serie de provisiones no especificadas. Semejante planteamiento le pone un signo de interrogación al TLC, a pesar de los argumentos colombianos en el sentido de que ha sido un buen aliado de Estados Unidos. Tales planteamientos, lamentablemente, pesan poco a la luz de las circunstancias. De un lado, es indudable que el peso de la economía panameña es muy pequeño para generar controversias y que el único obstáculo pendiente ya fue removido. Así, ya no está presente en la Asamblea de Diputados de esa nación el legislador acusado de haber asesinado a un soldado norteamericano hace unos años. Además, darle luz verde al tratado le permitiría al Gobierno de Obama reiterar que no es amigo del proteccionismo y que existe continuidad en la política del Coloso del Norte. En contraste, los dos casos remanentes son sendas 'papas calientes'. No solo en Corea del Sur el TLC es poco popular, sino que los congresistas demócratas creen que representa un peligro para la industria automotriz estadounidense, que está en cuidados intensivos. Por su parte, las críticas a Colombia por temas relacionados con derechos humanos y con protección de la vida de sindicalistas son de vieja data, pero el país no ha logrado convencer a sus críticos de que las cosas están mejorando. Como si eso no fuera poco, existe una polémica muy fuerte con una serie de organizaciones no gubernamentales que son fuertes en Washington, a lo cual hay que agregarle que el Gobierno de Álvaro Uribe le apostó fuerte a los republicanos en la pasada campaña electoral, algo que no olvidan los líderes del actual partido mayoritario. ¿Quiere decir eso que el TLC está enterrado? No necesariamente. Para comenzar, todo depende de que los criterios que prometió definir la Casa Blanca sean conocidos pronto y resulten aceptables. En segundo término, hay que desligarse de Corea del Sur, porque está visto que en este tema no solo prima la máxima del 'sálvese quien pueda', sino que es mejor ser considerado individualmente. También es decisiva la manera en que el país haga sus movimientos. Una declaración torpe o un exceso de afán, pueden dar al traste con todo, mientras que la cooperación en la lucha contra las drogas en Afganistán es un elemento valioso de negociación. Tanto, como el esquema que les permitiría a los estadounidenses mantener sus operaciones de control aéreo en esta parte de América del Sur, después del pronto cierre de la base militar que tienen en la población ecuatoriana de Manta. Queda, por último, la opción de lograr que las preferencias arancelarias contenidas en la Ley Atpdea sean extendidas en un periodo mucho más largo, algo que no es lo ideal, pero que es preferible al esquema vigente. Tales alternativas se enmarcan en un contexto mucho más difícil para el libre comercio. Aunque sin decirlo de frente, es claro que la Casa Blanca comparte la postura de la colectividad demócrata en el sentido de que ha sido muy generosa en el pasado. Eso explica su promesa de renegociar tratados que ya operan, con el fin de impulsar cambios en materia de protección a los derechos laborales y al medio ambiente, un anuncio que no necesariamente les va a gustar a México o Canadá, para mencionar dos ejemplos con nombre propio. Por tal motivo, el reto de Colombia es lograr colarse por una ventana que, a pesar de todas las promesas en contrario, se sigue cerrando.
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