La ceremonia de ayer en la Casa Blanca durante la cual George W. Bush, el inquilino saliente de la mansión más conocida del mundo, condecoró a los ex primeros ministros Tony Blair de Gran Bretaña y John Howard de Australia, al igual que al colombiano Álvaro Uribe, tuvo un significado que bien vale la pena analizar. En primer lugar, porque la distinción entregada, la Medalla a la Libertad, es la de más alto nivel que se le puede otorgar a un civil por parte del Gobierno de Estados Unidos. Creada en 1945 por Harry Truman para reconocer el servicio distinguido en tiempos de guerra, fue reformada por John F. Kennedy en 1963 para destacar los aportes que puedan hacer personas en beneficio de la seguridad nacional norteamericana, en apoyo a la paz mundial o por haberse destacado en temas como la cultura, las artes o la ciencia. De tal manera, en la lista de pasados galardonados hay nombres que van desde Walt Disney y Frank Sinatra, hasta el polaco Lech Walesa y los primeros astronautas que pisaron la luna.
Pero más allá de ese aspecto anecdótico y de las protestas de diversas organizaciones de derechos humanos que consideraron injustificada la entrega de una presea a Uribe, hay un tema simbólico que no se puede pasar por alto. Este consiste en exaltar a un mandatario en ejercicio, cuyas relaciones con el Partido Demócrata que controla el Congreso estadounidense no son las mejores y que es mirado con distancia por Barack Obama, quien asume la presidencia el próximo 20 de enero. Son conocidos los intentos infructuosos de la administración republicana de impulsar la ratificación del Tratado de Libre Comercio que sigue en el limbo en el Capitolio, más de dos años después de haber sido firmado en Washington. Ese fue uno de los motivos por el cual el nombre de Colombia 'salió a bailar' en la pasada campaña electoral.
Así las cosas, muchos se preguntan si la Medalla a la Libertad resulta inconveniente para los intereses del país al reiterar,
implícitamente, que Uribe era el hombre de Bush en el hemisferio.
Esa discusión, sin embargo, es un tanto bizantina. En primer término, porque rechazar la condecoración habría equivalido a nada menos que una bofetada diplomática. En segundo, porque Colombia ha sido un aliado estratégico de Estados Unidos desde la época de Bill Clinton. Incluso el Congreso demócrata ha votado favorablemente los millonarios paquetes de ayuda destinados a la lucha contra las drogas, a pesar de la estrecha situación de las finanzas públicas norteamericanas. Por otro lado, es tradición de la política estadounidense que el presidente que se va condecore a quien le venga en gana, sin que se le ponga mucha tiza al asunto.
Hechas esas salvedades, es claro que a partir de la próxima semana la Casa de Nariño y el Palacio de San Carlos tienen que hacer borrón y cuenta nueva. Y es que a pesar de que las comparaciones son odiosas, no deja de ser significativo el contraste entre la foto que se tomaron el presidente mexicano Felipe Calderón y Obama el lunes, después de una cordial cita y la escena de ayer en la Casa Blanca. Tal como dijo un observador, era la contraposición del futuro con el pasado.
En consecuencia, habrá que trabajar mucho para dejar en claro que las relaciones externas del país no son con un partido político, ni con una persona en particular. Ese mensaje debería ser entendido con relativa facilidad en Washington, pero Bogotá necesita enviar señales claras y tener paciencia mientras se consolida el cambio de mando y la nueva secretaria de Estado, Hillary Clinton, le da una mirada al hemisferio después de que se encargue de los enormes líos en el Medio Oriente. Eso implica aceptar que algunas prioridades cambiarán, pero también que será posible mantener la continuidad en la mayoría de los frentes.
Con respecto a Bush, lo más probable es que los colombianos lo olviden pronto. Al fin de cuentas, se trata del presidente menos popular en la historia reciente de su país, que entrega el cargo con la economía en cuidados intensivos y dos conflictos, en Irak y Afganistán, que siguen sin solución. Por eso, aparte del honor recibido, lo que sigue es mirar hacia delante y guardar la Medalla a la Libertad en el baúl de los recuerdos.
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