Después de que la crisis financiera internacional estalló con fuerza en septiembre pasado, era claro cuáles eran los sectores que estaban en cuidados intensivos. La lista la encabezaban los bancos comerciales, hecho que obligó a la toma de medidas de emergencia que incluyeron millonarios paquetes de ayuda salidos de las arcas públicas. Además fue necesaria la compra de acciones de decenas de entidades de crédito por parte del Gobierno estadounidense y de varias naciones europeas, con el fin de mantener la confianza del público en el sistema.
Pero en la medida en que la mala racha de la economía mundial se expande, las alarmas comienzan a sonar en diversos frentes. Así le ha ocurrido a la industria automotriz que está viviendo una de las peores coyunturas de su historia. La razón es que la descolgada ha sido de tal magnitud, que tomó a las firmas ensambladoras por sorpresa. Casos como el de Estados Unidos, en donde las ventas cayeron 35 por ciento en diciembre, son extremos, aunque la verdad es que en ningún continente las perspectivas son positivas.
Así lo confirmó ayer un informe del grupo canadiense Scotiabank, según el cual el 2009 va a ser un año lleno de baches para la producción de automóviles. De acuerdo con la entidad, las ventas mundiales descenderán un 8 por ciento en promedio, después de haber experimentado un retroceso del 5 por ciento en los 12 meses terminados en diciembre pasado. En unidades, eso quiere decir que el récord histórico de casi 55 millones de carros colocados en el 2007 va a ser difícil de alcanzar durante un buen tiempo y que a lo sumo este año se llegará a 48 millones. Dicho lo anterior, la perspectiva es que el actual semestre va a ser muy duro para fábricas y concesionarios, y que solo a partir de julio llegaría una lenta recuperación.
El fundamento de tan oscuras proyecciones no es otro que la recesión que afecta a las naciones más ricas y las menores tasas de crecimiento en las economías emergentes. En medio de tanta incertidumbre, cientos de miles de consumidores han preferido posponer sus planes de estrenar, sin importar la latitud en que se encuentren. Y es que lo normal, desde Nueva Zelanda hasta Suráfrica y desde Qatar hasta México es ver salas de exhibición relativamente vacías. Incluso en China, en donde ha ocurrido una verdadera revolución después de que el promedio de ventas a lo largo de la década pasada fuera de 300.000 vehículos anuales, el aumento va a ser bien moderado. El cálculo de Scotiabank es que las unidades despachadas llegarán a 5,95 millones en el 2009, con un aumento de apenas 5 por ciento sobre el año precedente.
Como consecuencia de esa situación, los saldos en rojo serán la constante en el sector. Sin duda, las firmas más golpeadas serán las estadounidenses, que ya recibieron una infusión de fondos públicos por casi 20.000 millones de dólares, pero que exigirán más dinero. Incluso Toyota, la más grande del mundo, se enfrenta a pérdidas por primera vez en siete décadas. En todos los casos la explicación es la misma: exceso de capacidad instalada. Según los analistas las plantas actuales podrían producir unos 90 millones de automotores, una cifra muy superior a la demanda prevista.
En medio de semejante panorama, se hacen cábalas sobre lo que puede pasar en Colombia. Después del récord del 2007, cuando las ventas llegaron a 253.034 unidades en el país, todo indica que el año pasado cerró en cercanía de las 220.000. Ahora los representantes de dicha industria se darían por bien servidos si ese nivel se mantuviera. Sin embargo, factores como el mayor pesimismo de los consumidores, el alza del dólar que golpea al segmento de los importados y los niveles todavía elevados de las tasas de interés, conspiran en contra de esa meta.
Dicho lo anterior, se pueden producir reacomodos interesantes al interior de la actividad. Por ejemplo, las ensambladoras ven una oportunidad de ganar puntos de participación en el mercado interno, después de que el 2008 fuera particularmente malo, debido a la restricción de las exportaciones hacia Venezuela.
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