El dato de crecimiento de la economía colombiana durante el tercer trimestre del 2008 resume la evolución de un ejercicio que ya termina y que acabó siendo muy inferior a las expectativas.
Según lo anunció el Dane ayer, el aumento del Producto Interno Bruto entre julio y septiembre fue de 3,1 por ciento, tasa que no solo es la más baja en algo más de un lustro, sino que comprueba que el país ha perdido vigor en forma paulatina, después de que hace 12 meses registrara su mejor desempeño en tres décadas.
Tal como van las cosas, parece completamente improbable alcanzar la meta oficial del 4 por ciento en el año, que a su vez había sido recortada en un punto porcentual en octubre. Por cuenta de esa situación, tampoco se ve factible que la tasa de desempleo alcance niveles de un dígito, con lo cual Colombia seguirá teniendo en este campo uno de los peores resultados a nivel de América Latina.
¿Cómo pudo ocurrir que el pregonado aterrizaje suave se convirtiera en uno forzoso? En la explicación confluyen varios factores. Si bien puede sonar contradictorio, lo cierto es que la acelerada expansión del 2006 y 2007, tuvo mucho que ver en lo sucedido. Para utilizar un símil, a la economía nacional le ocurrió como a aquellos vehículos de motor pequeño que, por andar a una velocidad superior a la sugerida por el manual del fabricante, empiezan a recalentarse. Un ejemplo de ello fue el salto que dio el consumo interno, de la mano de una explosión en el crédito. La euforia a la hora de comprar le dio todavía más vapor a las presiones inflacionarias que venían subiendo, con lo cual la situación empezó a salirse de control. En respuesta, y para volver a la figura mencionada, las autoridades que tenían a su cargo el manejo del automóvil empezaron a aplicar los frenos, utilizando mecanismos como el de elevar las tasas de interés.
Sin embargo, esa política coincidió con que la calidad de la vía comenzó a deteriorarse. De un lado, el clima no cooperó y los precios de los alimentos se dispararon, golpeando duramente a las personas de menores ingresos y afectando su poder de compra.
De otro, el fuerte proceso de revaluación de la moneda local, que cayó por debajo de los 1.650 pesos por dólar en junio, le hizo más difícil a los productores nacionales conquistar mercados externos y luchar contra los bienes importados. Como si lo anterior fuera poco, la primera mitad del año tuvo como característica un alza sin precedentes en los precios de las materias primas en el mundo, que se sintió sobre la comida y los combustibles. Aunque dicha situación le generó al país una subida inesperada en sus ingresos por exportaciones, produciendo una sensación de bonanza, las cantidades vendidas fueron prácticamente las mismas.
Muchas de esas circunstancias cambiaron a lo largo de la segunda mitad del 2008. En cuestión de semanas las cotizaciones récord quedaron en el olvido y tanto el petróleo, como la soya o el maíz, para solo mencionar un puñado de productos, experimentaron grandes descensos. En contraste, el precio del dólar empezó a aumentar de manera sostenida, mucho más allá de lo que esperaban los analistas. Lamentablemente, la causa de dichas variaciones fue la arremetida de los vientos de recesión en buena parte del mundo. En cuestión de meses, la crisis que había comenzado en el sector de la finca raíz en Estados Unidos, se convirtió en un dolor de cabeza para decenas de entidades financieras de primera línea, para acabar contagiando al sector real de las principales economías. En forma sorpresiva, un problema complejo acabó volviéndose el peor desafío al capitalismo en tres cuartos de siglo.
En respuesta, los bancos centrales y los gobiernos más poderosos, dejaron atrás la ortodoxia para inyectar cientos de miles de millones de dólares en decenas de entidades. El objetivo de salvar a los bancos se logró, pero la caída en la confianza de los consumidores, el consumo y la producción fue inevitable. Ese coletazo, acabó sintiéndose en Colombia, como lo demostraron las cifras de ayer. Pero el efecto apenas comienza, motivo por el cual lo que importa es aprender de las lecciones del año que termina, para poder reactivar los motores de la producción en el que viene.
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