No ha sido fácil en los últimos tiempos la labor de los especialistas en hacer proyecciones económicas. Aunque siempre es complicado pronosticar el futuro, la volatilidad de los meses pasados ha sido de tal magnitud, que tan pronto salen los cálculos hay que volver a revisar los resultados. Así le ha ocurrido al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, que ya corrigieron a la baja los escenarios publicados en octubre, si bien no falta quien diga que todavía son demasiado optimistas. También le pasó a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) que ayer dio a conocer el balance preliminar de la región en el año que termina, el cual contrasta con lo dicho en agosto cuando las cosas no se veían tan graves.
Así las cosas, es claro que la fiesta se acabó. Después de haber crecido a un promedio cercano al 5 por ciento anual desde el 2003 y lograr que el ingreso por habitante aumentara más del 3 por ciento anual desde entonces, Latinoamérica va a sentir con fuerza el coletazo de la crisis internacional. Según la Cepal, el aumento del PIB regional será de apenas 1,9 por ciento el próximo año, suponiendo que en la segunda mitad del 2009 empieza una lenta recuperación. En el caso de Colombia, las predicciones son de 3 y 2 por ciento para este y el año que viene respectivamente, datos que contrastan con la realidad de hace 12 meses cuando el crecimiento llegó a 7,7 por ciento, el mejor en tres décadas.
Volviendo a la región, ahora el desafío es preservar las conquistas sociales, pues por cuenta del segundo periodo de expansión más importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial, fue posible que la mayoría de los países pudieran disminuir tanto los índices de pobreza como de miseria. En materia de pobreza, por ejemplo, la proporción de la población en esa categoría pasó de ser casi la mitad del total en 1990 a algo más de una tercera parte este año.
Para sortear con éxito ese reto, es necesario entender los mecanismos de transmisión de una enfermedad que comenzó en los países más ricos, pero que ya contagia a todo el planeta. Por tal motivo, resulta inescapable recibir el golpe de la caída en la demanda mundial, que se traducirá en menores exportaciones tanto en volumen, como en precio. Un caso típico es el del petróleo que ayer bajó a escasos 36,2 dólares el barril, una cuarta parte de la cotización alcanzada a comienzos de julio pasado, a pesar del recorte anunciado por las principales naciones productoras de crudo. Situaciones similares ocurren con el níquel, el carbón, el cobre o la soya, para hablar de algunos de los bienes primarios que tienen un peso importante en las ventas regionales. Tampoco será mejor la suerte de las manufacturas o de los ingresos por servicios como el turismo, pues los consumidores del planeta se han apretado el cinturón.
Como si lo anterior fuera poco, el aumento en los índices de desempleo en Estados Unidos o Europa va a golpear el nivel de las remesas, una de las primeras fuentes de recursos de América Latina. Tal como lo demuestran las cifras disponibles, los migrantes han salido perdiendo debido a la parálisis en sectores como la construcción, con lo cual hay menos dinero para mandar a casa, lo cual pone en líos a buena parte de los países integrantes de Centroamérica y el Caribe.
En forma paralela, hay inquietud sobre el comportamiento de la inversión extranjera, después de que en el 2007 la región fuera la más dinámica del mundo en este terreno. Ahora es predecible un decrecimiento, pues muchos planes de expansión han sido pospuestos de la mano de la mayor incertidumbre. También hay cábalas con respecto al impacto que la menor liquidez financiera internacional pueda tener sobre una zona que durante años se benefició de fondos abundantes y baratos, pero que ahora es vista con creciente desconfianza.
En medio de tantas señales preocupantes, quizás el único elemento alentador es que buena parte de las economías latinoamericanas manejaron las épocas de bonanza con más prudencia que en el pasado y llegaron a la crisis en una posición de relativa fortaleza. La pregunta es, si eso será suficiente para sortear la peor encrucijada del capitalismo en tres cuartos de siglo, algo sobre lo cual es mejor no hacer pronósticos concluyentes, por lo menos todavía.
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