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Se cuecen habas

'Cualquier parecido -dice el refrán- es pura coincidencia'. Y es que resulta difícil hacer similitudes entre el joven nacido en Ubaté (Cundinamarca) que comenzó a hacer fortuna en La Hormiga (Putumayo) y el financista respetado, con oficinas en la tercera avenida en la isla de Manhattan en Nueva York, al que los socios de los más prestigiosos clubes privados ansiaban conocer para que les recibiera su dinero. Pero uno y otro, David Murcia Guzmán y Bernard L. Madoff, tenían el mismo negocio: recibir dinero del público a cambio de rentabilidades extraordinarias. El primero, está detenido en el pabellón de máxima seguridad de la cárcel La Picota en Bogotá, mientras que el segundo sigue libre, después de que su esposa pagara una fianza de 10 millones de dólares, hasta que comience el juicio en el cual podría ser condenado a 20 años de prisión.

Como es de suponer, las dimensiones en uno y otro caso son diferentes. En el caso de DMG la estrategia fue recibir dineros del público sin importar la cuantía, comenzando por el sur del país.

Aunque las autoridades colombianas todavía siguen verificando reclamaciones, es claro que varios cientos de miles de personas entregaron su dinero con la esperanza de obtener rendimientos hasta del 300 por ciento anual, en un esquema complejo que incluía la entrega de tarjetas y la adjudicación de puntos que se podían cambiar por bienes o servicios. Los estimativos oficiales hablan de 2,5 billones de pesos depositados en las diferentes pirámides, aunque es claro que la mayor proporción del dinero estaría concentrado en el conglomerado de compañías que logró constituir Murcia.

Por su parte, Madoff logró ganarse la confianza de un puñado de personas e instituciones, al cabo de años de cumplir religiosamente con intereses que oscilaban entre el 10 y el 12 por ciento anual. Incluso los investigadores creen que durante varias décadas el financista hizo las cosas bien y de acuerdo con la ley, hasta que la volatilidad en los mercados le generó tantas pérdidas que empezó a inflar sus resultados y a pagarle a unos con el dinero de los otros. Pero en este caso el grupo estaba compuesto de un selecto conglomerado de clientes que debían invertir como mínimo un millón de dólares. Debido a ello, aunque la cantidad de afectados es pequeña, los recursos involucrados son descomunales. El propio Madoff habló de 50.000 millones de dólares, lo cual lo convierte en el fraude más costoso de la historia y que golpea no solo a personas de gran patrimonio, con mansiones en Palm Beach o Long Island, sino a entidades tan conocidas como el Banco Santander de España, el UBS de Suiza o el Unicredit de Italia.

En medio de semejante debacle, apareció el nombre de un colombiano. Se trata de Andrés Piedrahita, uno de los socios de la compañía Fairfield Greenwich, con oficinas en Madrid, Miami, Londres y Nueva York, quien desde hace más de un cuarto de siglo se movía como pez en el agua en el mundo de las finanzas internacionales. Inicialmente señalado como cómplice de Madoff, todo indica que Piedrahita resultó víctima de un montaje en el cual su empresa perdió varios miles de millones de dólares.

Pero más allá de ese elemento anecdótico, lo que queda claro es que tanto en el caso nacional, como en el estadounidense, la falla principal fue de los reguladores. En ambas circunstancias hubo alertas sobre rentabilidades dudosas e informes que tuvieron que ver con contabilidades falsas y falta de acción de las autoridades.

Por tal motivo, tanto la Superintendencia Financiera local, como la Securities and Exchange Commission norteamericana, están en el ojo del huracán y tienen en sus manos la responsabilidad de desenredar una madeja en la que hasta ahora, lo único claro, es que quienes entregaron su dinero recibirán una fracción de lo que esperaban.

En respuesta no faltarán las reflexiones sobre la codicia y cómo la ilusión de rendimientos extraordinarios enceguece incluso a los financistas más experimentados. No obstante, aparte de esa reflexión, lo que es seguro es que vendrán intentos de más supervisión que serán efectivos durante un tiempo, hasta que la historia se repita. Porque en todas partes se cuecen habas.

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