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A mover la movilidad

 A raíz de la crisis económica mundial, que ha venido acompañada de una menor capacidad de los intermediarios financieros para prestar dinero, han aumentado las inquietudes sobre la posibilidad de conseguir los recursos para adelantar las grandes obras de infraestructura que necesita el país. Y es que más allá de que, como lo anticipan los expertos, la recuperación empiece a tener lugar en el segundo semestre del 2009, es incuestionable que las descomunales pérdidas del sistema bancario internacional, estimadas en 1,4 billones de dólares, van a restringir su capacidad de préstamo durante un tiempo mucho más largo. Esa es una mala noticia para las economías emergentes que habían contado hasta hace poco con fondos abundantes y baratos, pero que ahora deberán competir por desembolsos más escasos y caros.

Semejante eventualidad es preocupante para la marcha de proyectos como el túnel de La Línea o la Ruta del Sol, para hablar tan solo de dos obras emblemáticas en materia de carreteras. No obstante, el panorama es todavía peor para iniciativas como el Metro de Bogotá, cuya factibilidad financiera ya era cuestionada antes y que, por cuenta de las nuevas realidades, puede acabarse descarrilando. Dicho de otra manera y más allá de sus promesas de campaña, no estaría de más que el alcalde Samuel Moreno empezara a analizar otras opciones, así estas incluyan volver a contemplar la posibilidad de expandir las troncales de TransMilenio, de acuerdo con los planes que desarrollaron administraciones pasadas.

En caso contrario, la ciudad podría quedarse sin el pan y sin el queso. Esa no es una opción manejable a la luz de la creciente congestión vehicular que paraliza a la capital de los colombianos, le resta competitividad y cuesta miles de millones de pesos en tiempo perdido. Para utilizar la figura, es como si la mayoría de las apuestas se le hubieran hecho a un solo caballo que, por razones externas y fortuitas, ha quedado prisionero en el partidor, mientras el público clama desesperado para que empiece a correr.

Así las cosas, es necesario recuperar el liderazgo en materia de movilidad, entendiendo que hay que ampliar la baraja de opciones disponibles como los peajes urbanos o la construcción de nuevas vías usando el mecanismo de concesión. Si en el pasado el Pico y Placa, las restricciones al estacionamiento, las ciclo rutas y el propio TransMilenio, contribuyeron a mejorar el estado de las cosas, es necesario explorar soluciones con mente abierta.

Lamentablemente, las protestas que llevaron a congelar la iniciativa de ampliación de la autopista Norte no permiten ser optimistas sobre la capacidad de impulsar obras que pueden despertar polémica, pero que sin duda beneficiarían a los bogotanos y a los habitantes de los municipios vecinos que hoy encuentran atascos monumentales todos los días.

Bajo tal perspectiva, es preocupante que las soluciones al problema de movilidad de la ciudad se concentren en pavimentar unas vías, ampliar en forma limitada las troncales de TransMilenio y adelantar la construcción de una línea de metro. Incluso si se obtiene la financiación, esta última entraría a funcionar en el 2018 en el mejor de los casos, con una longitud que difícilmente llegará a 30 kilómetros, dejando a Bogotá con dificultades de dinero para hacer otra inversión en transporte masivo por varias décadas.

El lío es que las investigaciones revelan que los problemas son bastante más urgentes. Un trabajo de la Universidad de los Andes señala que la velocidad de desplazamiento en la carrera Séptima será de siete kilómetros por hora dentro de cuatro años, tanto como una persona a pie.

Por tal motivo, lo lógico sería responder con rapidez tomando medidas que permitan desarrollar la infraestructura, así como impulsar mucho más a TransMilenio, tomando como base planes ya hechos que disminuyen el grado de incertidumbre. Ello ayudaría a que la decisión del Metro se tome con cabeza fría, con criterios técnicos, una vez se conozcan los resultados de los estudios contratados y sin hacer apuestas apresuradas. De lo contrario, el riesgo es una parálisis gradual, que no le conviene al alcalde Moreno, ni mucho menos a millones de bogotanos.

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