Los datos más recientes sobre la evolución de la industria y el comercio, según los cuales ambas actividades tuvieron una fuerte caída en el mes de agosto, les han servido de marco a varios dirigentes para pedirle a los miembros de la junta directiva del Banco de la República, que en su sesión de hoy decidan bajar las tasas de interés.
De acuerdo con ese punto de vista, la contracción de la demanda ha ido mucho más allá de lo aconsejable, con lo cual no estaría de más darle algo de cuerda al consumo interno, a ver si logra recuperarse un poco.
Al mismo tiempo, las tendencias mundiales sugieren que habrá una moderación sobre los precios, lo que aumentaría las probabilidades de que la inflación regrese a las metas fijadas durante el año que viene, puramente por razones de oferta. Tales argumentos son válidos y deberían llevar a que el Emisor cambie su postura reciente, promoviendo una reducción en el costo del dinero, como ha sucedido en otras latitudes.
Pero esa no debería ser la única medida. Sucede que el coletazo de la crisis internacional está golpeando cada día más a América Latina, como lo evidencia la caída en los tipos de cambio en la región.
Esa coyuntura ha contado con la colaboración de gobiernos como el argentino, que con su absurda propuesta de nacionalizar los fondos de pensiones privados le ha echado gasolina a la hoguera del nerviosismo. Como consecuencia, a Colombia se le han venido cerrando las puertas del financiamiento externo, más allá de que propios y extraños reconozcan que la salud de la economía es buena y que los fundamentos del sector bancario son firmes.
En respuesta, el Banco debería anticiparse a los eventos y garantizar que no habrá problemas de liquidez como los que han llegado a entorpecer el ritmo normal de los negocios en otros países. Una actitud lógica sería desmontar las resoluciones de aumento del encaje bancario tomadas en junio, cuando la prioridad era comprar dólares para frenar la revaluación y esterilizar el aumento en el circulante.
Ahora que el Emisor dejó de adquirir divisas, que el peso ha perdido terreno y que hay presión sobre el monto de las reservas internacionales, lo obvio sería reversar lo hecho. De tal manera, se podrían liberar entre 3,5 y 4 billones de pesos de los 12,4 billones que hoy están congelados.
También sería aconsejable instituir mecanismos de compra de TES (para que, de paso, suban de precio), así como aumentar el cupo diario que se da al mercado por medio de subastas, incluyendo plazos más amplios que lleguen hasta los 90 días.
Semejantes opciones pueden horrorizar a los más ortodoxos.
Pero tal como ha sido repetido hasta la saciedad a lo largo de las últimas semanas, es necesario encarar los desafíos actuales de manera pragmática. En ese sentido, en lo que tiene que ver con la liquidez es preferible pecar por exceso que por defecto. Sería mucho peor que algunos elementos de la crisis que ya ha contagiado a naciones vecinas lleguen al país y que el Banco tenga que reaccionar de emergencia. Si ese fuera el caso, el lío ya no sería solo de recursos, sino de confianza.
Por otra parte, hay que entender que la demanda de préstamos en pesos va a crecer. La razón es que el endeudamiento del sector privado asciende a 13.300 millones de dólares y muchas de esas líneas de crédito no serán renovadas o se han encarecido rápidamente.
El alza en el margen de riesgo de los bonos públicos colombianos en los mercados internacionales hasta más de 600 puntos básicos, casi el triple de hace unos meses, es un campanazo de alerta que hay que tener en cuenta.
Así las cosas, el Banco de la República tiene que estar a la altura de las circunstancias y aplicar ese refrán que afirma que 'es mejor prevenir que curar'. A pesar de las críticas recibidas por su manejo prudente de los meses pasados, la realidad ha probado que la entidad hizo las cosas bien.
Ahora, sin embargo, es hora de actuar, de pasar de la retaguardia a la vanguardia, de entender que son necesarias las respuestas rápidas y de dejar en claro que las cosas se pueden hacer mejor.
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