EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
En la medida en que la crisis en los mercados internacionales sigue imparable y que el público reacciona con escepticismo ante cada anuncio proveniente de Estados Unidos o Europa, han vuelto a sonar en Colombia las voces de alarma sobre las consecuencias de una situación que no solo es mala, sino susceptible de empeorar. La razón es que más allá de la solidez del sector financiero nacional, que salió avante hace 10 años de una encrucijada que tiene varias similitudes con la actual, es claro que la economía se verá afectada tanto de manera directa como indirecta.
Así lo demuestran las encuestas entre industriales y comerciantes locales que ven un futuro más complicado tanto para el clima de sus negocios como para el desarrollo de proyectos de inversión. También es indudable que la actitud de los consumidores no es la misma y que la cautela prima sobre la audacia, a la hora de gastar.
Como si lo anterior no fuera suficiente, hay inquietud sobre la estabilidad de los principales socios comerciales, con particular énfasis en los casos de Venezuela y Ecuador en donde hay desajustes profundos que afloran cada vez más en la medida en que bajan los precios del petróleo. Igualmente, muchos se preguntan si el fuerte crecimiento en las cifras de inversión extranjera podrá continuar a la luz de la menor liquidez global y en medio de tanta incertidumbre. Todo eso se combina con un clima nacional complejo, de creciente tensión en el campo laboral, de combatividad política entre las fuerzas amigas y opositoras al Gobierno y de un aumento leve, pero constante, de la tasa de desempleo.
En medio de una situación cada vez más tormentosa, comienzan a escucharse otra vez los llamados para que el Banco de la República disminuya las tasas de interés que elevó a lo largo de los últimos años hasta niveles del 10 por ciento anual, con el propósito de enfriar la economía. La justificación de ese pedido es que ni el sector productivo ni la demanda interna tienen síntomas de 'recalentamiento'. De hecho, alegan los partidarios de una baja en el costo del dinero, que un menor impacto del crédito aliviaría la situación de deudores y empresas, además de enviar una señal que podría sacar a los consumidores de su marasmo actual.
Ejemplos de que ese es el camino, han sido dados en otras latitudes. Ayer, para citar un caso, el Banco de Australia sorprendió al mercado al recortar sus tasas en un punto porcentual. Pocas horas después, el presidente del Banco de la Reserva Federal, Ben Bernanke, insinuó que la entidad a su cargo haría lo propio en los próximos días lo cual, por cierto, no evitó que Wall Street acelerara su descolgada. Para los escépticos otros problemas mucho más urgentes, como la falta de liquidez y la paralización de los desembolsos de préstamos, han hecho casi irrelevante ese tema.
Así las cosas, el dilema en Colombia no es fácil. Por un lado, la inflación tuvo un retroceso en septiembre pero todavía está muy por encima de las metas fijadas. Incluso, la rápida devaluación del peso ha complicado el horizonte, por el impacto que pueda tener sobre los precios de los bienes importados. Debido a esas circunstancias una proporción amplia de los analistas aconseja esperar un tiempo adicional, mientras se consolida la tendencia. Al fin y al cabo lo que está ya en discusión es el aumento en el Índice de Precios al Consumidor en el 2009, para lo cual el manejo de las expectativas es fundamental.
No obstante, es indudable que la decisión de una rebaja es cada vez más cercana. Si esta tiene lugar en los próximos días o en los próximos meses es algo que solo se sabrá con el tiempo. Pero mientras eso ocurre, los integrantes de la junta del Emisor deben comenzar a evaluar no si la medida conviene, sino cuándo es el momento indicado para tomar la determinación. No es un dilema fácil. Si lo hacen de manera muy temprana pueden ser acusados de echarle leña a la hoguera inflacionaria, pero si se demoran mucho corren el riesgo de reaccionar demasiado tarde en un tema que exige una respuesta contundente y, sobre todo, oportuna.
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