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Efecto dominó

Publicado el 16-09-08

Fueron dos huracanes, y no uno, los que azotaron a los Estados Unidos durante el fin de semana. El primero tuvo lugar por cuenta de la fuerza de la naturaleza, cuando 'Ike' golpeó las costas del Golfo de México, dejando miles de damnificados en la ciudad de Houston y en otros condados vecinos. El segundo fue de origen financiero, y sucedió en Wall Street, después de que el banco de inversión Lehman Brothers se declara en quiebra al fracasar en su intento de conseguir un comprador. Así no solo terminaron 158 años de historia, sino también la confianza en la inexpugnabilidad de las principales entidades norteamericanas, una vez que el Departamento del Tesoro en Washington dijera que no pensaba arriesgar dinero de los contribuyentes en una posible operación de salvamento. Debido a ello, el nerviosismo se apoderó de los inversionistas y las principales bolsas del mundo tuvieron retrocesos apreciables, al igual que los precios de las materias primas, como fue el caso del petróleo.

Casi al mismo tiempo, la otrora poderosa Merril Lynch aceptó una oferta de compra del Bank of America por menos de la mitad de lo que valía hace un año. También la gigantesca aseguradora AIG tuvo que pedirles auxilio a las autoridades para sortear una crisis de liquidez, mientras que el banco de ahorro Washington Mutal seguía en capilla, frente al escepticismo de muchos que veían inevitable su naufragio. Así las cosas, es explicable por qué las acciones de buena parte de las instituciones de crédito bajaron en forma sensible, en las más diversas latitudes.

En todos los casos la razón principal es que la crisis que comenzó hace algo más de un año, cuando se reventó la burbuja especulativa en el mercado de la finca raíz estadounidense, parece no haber tocado fondo. Y es que los menores precios de casas y apartamentos, cuyas hipotecas habían sido transformadas en papeles que parecían atractivos, generaron un efecto dominó que le ha ocasionado pérdidas por 500.000 millones de dólares, principalmente a bancos norteamericanos y europeos. Si bien las autoridades han respondido con garantías para darle fondos suficientes al sistema y han estado detrás de varias operaciones de apoyo, el declive continúa. Ahora el riesgo es que lo que comenzó como un cáncer grave, pero localizado en un sector, haya hecho metástasis a otras áreas de la producción y a otros países.
Por tal motivo, ha habido una salida masiva de fondos de las economías en desarrollo, porque en un panorama tan confuso los inversionistas prefieren seguridad ante todo. Eso explica los malos resultados de las bolsas de Sao Paulo y Buenos Aires ayer, en donde había una buena presencia de especuladores. No obstante, tampoco le fue bien a México, Perú o Chile, pues allí también hubo una pequeña estampida. Incluso en Colombia, que hace apenas unos días levantó buena parte de las restricciones a la inversión extranjera en acciones, la marcha atrás fue cercana al 2 por ciento. Como consecuencia del clima tormentoso es previsible que el dólar se mantenga alto, por lo menos mientras el polvo se aposenta.

La inquietud, sin embargo, es si lo peor ya pasó o si todavía faltan noticias más malas. Pero es tanta la disparidad de opiniones entre los analistas que el consejo de los más sensatos es el de buscar un buen refugio por ahora. Esa no es una buena nueva ni para la economía internacional, ni para la colombiana. El motivo es que cuando comenzaron a aparecer las señales de alarma hizo carrera la teoría del desacoplamiento, según la cual la fortaleza de China e India era tal que su impulso serviría para contrarrestar el menor ritmo de Estados Unidos y Europa. No obstante, la decisión del Gobierno en Pekín de recortar las tasas de interés para estimular la demanda en el país más populoso de la tierra, demuestra que los coletazos han sido fuertes y se han sentido.

Por tal razón, hasta que no se vuelvan a encender los motores el mundo se enfrenta, en el mejor de los casos, a un crecimiento mediocre y todo indica que Colombia no será la excepción a esa regla.

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