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La previsión hecha por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), sobre el crecimiento de la región en el 2008 es motivo, a la vez, de alegría y preocupación. Según el ente adscrito a las Naciones Unidas, la zona tendrá un aumento del 4,7 por ciento en su Producto Interno Bruto, completando así su sexto año consecutivo de expansión y su quinto de un incremento en el ingreso por habitante en niveles superiores al 3 por ciento anual. Si bien esos números pueden parecer poco llamativos, lo cierto es que hay que remontarse a lo sucedido hace cuatro décadas para encontrar una época de bonanza similar. Debido a los buenos vientos, la tasa de pobreza ha disminuido hasta afectar al 35 por ciento de la población, equivalente a 190 millones de personas, nueve puntos porcentuales menos que al comienzo de la década.
Buena parte de lo sucedido ha sido consecuencia del favorable entorno internacional del pasado reciente. Incluso ahora que la crisis ha afectado con particular dureza a las economías de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea; Latinoamérica ha podido mantener un buen ritmo gracias a que los precios de las materias primas que exporta permanecen altos. Tal es el caso del petróleo, el carbón, el cobre, la soya, el maíz o el café, para solo mencionar algunos. De manera paralela, el clima de liquidez internacional se ha mantenido, sin que los conocidos problemas de los bancos más grandes hayan venido acompañados de un costo más alto de los recursos o de un acceso más difícil a los mismos.
Además, la inversión extranjera sigue llegando en forma abundante a la mayoría de los países, gracias al potencial minero y petrolero de muchos, como a la mayor capacidad de consumo interno.
Pero en medio de un balance relativamente alentador, hay también motivos para tener inquietudes. El primero es que resulta ilusorio pensar que América Latina salga indemne de la desaceleración mundial. En la medida en que la coyuntura se haga más difícil en los países industrializados, también es posible que las cotizaciones de los productos básicos disminuyan frente a los niveles alcanzados en el primer semestre. Hechos como la reducción en el valor del barril de petróleo por cuenta del menor consumo en los principales compradores demuestran que después de las alzas pueden venir las bajas.
Y ese no es el único peligro. La economía regional va a verse golpeada por una reducción en el volumen de remesas que mandan los emigrantes a sus sitios de origen, como ya ha sucedido en México. Por otro lado, el aumento de la inflación en todo el mundo puede originar, como ya ha sucedido en algunos lugares, alzas en las tasas de interés y una demora en volver a los niveles de actividad económica global de los años pasados.
No obstante, la mayor inquietud es el mayor ritmo de los precios en América Latina. Según la Cepal, la tasa inflacionaria promedio pasó de 6,4 por ciento en el 2006 a 8,4 por ciento en el 2007 y a 11,3 por ciento en mayo del 2008. Esa rápida elevación de la carestía es el principal desafío que han tenido las autoridades económicas de los diversos países, dando como resultado la aparición de tratamientos diferentes que van desde mayores tasas de interés, hasta subsidios a favor de los consumidores. A raíz de ello, existe la angustia de ver un retroceso en las conquistas sociales de los últimos años. Uno de los cálculos hechos es que los elevados precios de los alimentos podrían generar hasta 15 millones de nuevos pobres en la región.
En medio de este escenario, Colombia sale relativamente bien calificada. Para la Cepal, el aumento en el PIB puede llegar a 5,3 por ciento gracias a la fortaleza del sector exportador. Sin embargo, la entidad regional reconoce que el desafío inflacionario es grande y que la dependencia de la economía venezolana es un riesgo que hay que tener en cuenta. A pesar de que la inversión privada sigue su buena marcha, la percepción es que en el 2009, el crecimiento colombiano bajaría al 4,5 por ciento, frente a un promedio de 4 por ciento para América Latina.
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