Franklin Delano Roosevelt en su discurso de posesión como presidente de Estados Unidos en 1933 se refirió a la necesidad de enfrentar lo que sucedía en el país y de decirle al público la verdad de lo que estaba pasando (..."ante todo, dé- jenme me afirmar que a lo único que tenemos que temerle es al miedo...").
En Colombia es necesario aplicar este precepto en la política económica, y para evaluar públicamente otros aspectos, especialmente la política y a la relación de los medios y el sector privado con el Gobierno.
Una de las características de la vida nacional que ha hecho que Colombia sea muy diferente a otros países del continente es que, a pesar de la violencia, a nuestros compatriotas no les ha dado miedo opinar. En otros países -Venezuela antes de Chávez y más ahora, Chile muy notoriamente y México, por ejemplo- la gente se cuida de lo que dice y le tiene miedo al Gobierno y a los poderosos.
Aquí también se les teme, pero no tanto, porque nadie ha tenido por mucho tiempo suficiente poder para infundir ese miedo.
Tradicionalmente, el poder en Colombia ha estado concentrado, pero repartido entre los que lo detentan, y entre ellos se competía para que nadie fuera mucho más poderoso o mucho más rico que los demás. La sobrevivencia de instituciones democráticas durante años, la existencia de élites regionales independientes, la clase media urbana, la pobreza general del país, que hacía que los ricos no lo fueran tanto, la existencia de dos partidos en competencia, el respeto por la Constitución y por las leyes, y los cambios de Gobierno cada cuatro años, entre otros, dieron lugar a que esta tradición se estableciera como si fuera una realidad inconmovible.
Pero han aparecido factores determinantes que han hecho cambiar esa situación. El enriquecimiento de la guerrilla, el crecimiento de algunas fortunas, el narcotráfico, su infiltración en la política y la alianza faustiana con las élites regionales que dio lugar al paramilitarismo, el debilitamiento de los partidos y el clientelismo al detal, así como la aceptación por la clase media de mecanismos ilegales para promover la seguridad y su desdeño por la democracia, han sido factores que han contribuido a aumentar paulatinamente la posibilidad de infundir miedo en segmentos importantes de la población.
Desde el Gobierno se ejercía el poder con prudencia, por respeto a la ley y a la democracia, pero también, porque se tenía conciencia de que quienes lo detentaban no iban a estar ahí permanentemente. Esto comenzó a cambiar para mal cuando se permitió la primera reelección del presidente, y mucho más ahora que el Gobierno está presionando abiertamente y sin tapujo alguno, con los medios a su alcance, un cambio de Constitución que permita un tercer periodo. En el pasado, todo esto hubiera suscitado un furioso debate. En las circunstancias actuales ha predominado el silencio.
Algunos medios tienen miedo de que no les otorguen el tercer canal, otros están metidos dentro del Gobierno, o sus propietarios tienen contratos prorrogables con el sector público. Al revés de lo que temía la mamá de Napoleón, que cuando lo coronaron decía "ojalá que eso dure", los empresarios colombianos que han hablado en contra de una segunda reelección temen que Uribe dure, y que lo que han dicho en público o en privado pueda tener consecuencias financieras. Estos temores pueden ser completamente infundados, pero antes existían lo que los anglosajones llaman checks and balances (control y equilibrio entre poderes) y estos se han debilitado significativamente. Por eso es que es necesario opinar sin tenerle miedo al miedo.
rhommesr@hotmail.com
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