El Papa debió haber heredado el carriel antioqueño de Juan Pablo II, porque gracias a la influencia de sus antiguos colegas y asesores colombianos ha tenido dos metidas de pata que le han hecho mucho daño a su papado. Monseñor Castrillón, quien hasta hace poco tuvo mucha influencia en el Vaticano como Prefecto Emérito de la Congregación para el Clero, ha liderado una comisión (Ecclesia Dei) del Vaticano para atraer a la Iglesia a facciones disidentes como la de los lefevrianos, obispos ultraconservadores que practican la liturgia tradicional e ignoran el Concilio Vaticano.
En cumplimiento de esa función recomendó levantarle la excomunión a cuatro obispos de esa facción, entre los cuales está un inglés que niega el Holocausto y las atrocidades inhumanas cometidas por los nazis contra la comunidad judía mundial. Esto, por supuesto, ha desatado una protesta universal, malestar en la comunidad judía y hasta rechazo del Gobierno alemán. El Vaticano ha tenido que recoger velas, hacer un esfuerzo de relaciones públicas para subsanar parcialmente el asunto, y echarle parte del agua sucia al cardenal colombiano.
El asunto es particularmente delicado, porque ha existido un gran recelo sobre el proceder y las actitudes del Vaticano y de los Papas modernos frente a otras religiones, en particular la judía. Pío XII no actuó con suficiente fuerza para condenar a los nazis por sus atrocidades. La Iglesia latinoamericana ha pecado de antisemitismo y la cultura del continente, heredera de la española, no está exenta de ese mal. En referencia a este incidente, por ejemplo, un cardenal mexicano calificó como una mera "tontería" las polémicas declaraciones del obispo ultraconservador Richard Williamson, el del problema. Para la comunidad judía negar el Holocausto no es una tontería. Es esencial que se reconozca y que no se olvide para que no vuelva a repetirse. Ese es el problema y la causa de la controversia.
Monseñor Castrillón es una persona muy culta y ha recibido una educación privilegiada, habla varios idiomas y ha visto mucho mundo. También se le conocen actos muy positivos a favor de los Derechos Humanos y de los débiles, como consta en un artículo de García Márquez que apareció en la revista Cambio ('El Papable'. Abril 19, 1999). No creo que el asunto le parezca una tontería, pero no llevó a cabo su misión con la debida diligencia.
Y ahí no para la capacidad de los colombianos para hacer que el Papa se meta en líos. El cardenal Alfonso López Trujillo, quien falleció hace un año y era presidente del Pontificio Consejo para la Familia es recordado por haber sido un detractor de la actividad sexual para fines distintos a la procreación dentro del matrimonio, enemigo del homosexualismo, y crítico feroz de la clonación, el aborto y la planificación familiar.
Monseñor López le tenía una fobia especial al condón, pues lo consideraba un instrumento inmoral, facilitador de conductas reprochables. En una condena pública del cardenal italiano Carlo Martini que había dicho que el condón podía verse como "un mal menor" en la lucha contra el Sida, llegó hasta sugerir que el condón era inefectivo para ese fin.
Claramente fue el diablillo de López Trujillo el que le hizo decir a Benedicto XVI esa misma tontería, que ha hecho que legos y profanos protesten por las implicaciones negativas que tienen esas declaraciones para la salud y para la ciencia, campos en los que es mejor que no se metan las iglesias.
García Marquez reveló en el artículo de Cambio, que con Castrillón y López Juan Pablo II se proponía "colombianizar la curia". Lo hizo en efecto, pero los resultados no fueron positivos.
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