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Rudolf Hommes

La educación y la responsabilidad privada

Las universidades privadas más destacadas han adquirido conciencia de que diversificar el origen étnico y cultural de sus poblaciones estudiantiles eleva la calidad de la educación. Conscientes de su responsabilidad social, han asumido, unas con entusiasmo y otras con desgano, la tarea de abrir caminos y mecanismos de financiación para que estudiantes de estratos bajos, de provincia y de las etnias minoritarias puedan entrar a la universidad y obtener un título profesional.

Entre ellas descuellan la Universidad del Norte, y la de los Andes por sus políticas de apertura de oportunidades, diversificación del cuerpo estudiantil y los programas de becas que han permitido que un número creciente de estudiantes de diversos orígenes, que sin apoyo financiero no podrían estudiar en esas instituciones lo estén haciendo o hayan terminado exitosamente sus estudios (Eafit y otras universidades privadas también tienen programas de becas, y la Universidad Central tiene como misión ofrecer educación de buena calidad a precios al alcance de la clase media).

Al éxito de estos programas se oponen varios factores. El primero de ellos consiste en que los fondos disponibles para becas son escasos y las necesidades inmensas, puesto que a los estudiantes becados hay que apoyarlos no solamente con el costo de la matrícula, sino con los de sus gastos básicos de manutención, transporte y equipo. Además, hay que respaldarlos con programas de nivelación y de aculturación en muchos casos. Tradicionalmente, las universidades no tenían recursos propios para apoyar estos programas y los grupos económicos, las empresas y los ricos eran poco generosos.

En los últimos años eso ha cambiado radicalmente. Las universidades privadas y públicas han recibido donaciones de varios millones de dólares de destacadas familias colombianas. También ha habido y se están desarrollando esfuerzos públicos notables como la ley que les permitía a las universidades sustituir sus aportes al Sena para invertirlos en programas de becas, o el impulso que le están dando la Alcaldía de Medellín y algunos departamentos a las becas universitarias. Las universidades son más ricas ahora, pues cobran matrículas realistas y eso también les permite ser más ambiciosas.

No tenían experiencia con este tipo de programas y no fue fácil que los aceptaran, y mucho menos que los emprendieran con entusiasmo. Hoy hay esfuerzos notables de grupos de profesores que han puesto plata de su propio bolsillo para apoyar las iniciativas, aunque persisten prejuicios que impiden la movilidad social y la democratización de la educación superior de alta calidad. Algo que está impulsando la proliferación de becas en las universidades, pero exclusivamente para estudiantes con muy altas calificaciones, son los exámenes de Estado de final de carrera (Ecaes).

Como los resultados de esas pruebas son una medida de la calidad de las instituciones, ellas les ofrecen becas generosas a los 'mejores Icfes', como hacen las universidades de otros países con los atletas. Esto distorsiona la calidad, que pasa a depender de un estándar que no se sabe si es bueno o es malo, y discrimina contra los que no sacan buenos Icfes, pero facilita la heterogeneidad de la población estudiantil.

Pero simultáneamente, ha surgido un obstáculo abominable que impide que la educación superior opere efectivamente como gestor de movilidad: en los departamentos de recursos humanos de las empresas, notoriamente en las multinacionales, discriminan abiertamente contra los becados de ingresos bajos. Esto es escandaloso e inconstitucional, anula todo el esfuerzo que se hace para educar a los jóvenes de origen popular. La responsabilidad social de los empresarios debería comenzar por darles prelación a esos becados para los programas de pasantía y los de enganche de recién graduados.

Rudolf Hommes

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