Al otro día de la tragedia ocurrida por la caída de un bus de pasajeros en la carretera que supuestamente une a Medellín con Quibdó, uno de los noticieros de la noche presentó un excelente reportaje de un viaje que hicieron unos periodistas de ese medio por esta carretera.
No sé si fue el mismo que realizó la periodista Mary Luz Avendaño, que destacó recientemente Héctor Abad ('El caballo del Ministro' en El Espectador, febrero 7, 2009), pero si no lo es, el viaje sigue siendo como lo describió Abad: "abismos de vértigo, derrumbes incontables, huecos del tamaño de represas, rocas, pantano, cascajo... 24 horas de viaje para 240 kilómetros de carretera. Una trocha y un peligro de muerte para los viajeros".
El noticiero reveló también el resultado de una encuesta sobre el grado de aceptación del público del estado de las carreteras colombianas, y que una nutrida mayoría de los encuestados se declaraban satisfechos con ellas (creo que menos del 15 por ciento de los encuestados manifestaron estar descontentos). Resulta interesante esta percepción de la gente sobre la calidad de la infraestructura, más en el contexto del reportaje que estaba al aire, que presentaba escenas espeluznantes sobre los peligros, incomodidades y demás aspectos negativos de la vía. Estos problemas son bien comunes, no exclusivos de esta vía.
Pero las carreteras no tienen doliente a pesar de que hay que soportar su mal estado. Es posible que los colombianos nos hayamos acostumbrado a esas condiciones del sistema o que no esperamos que lo vayan a mejorar. Desde chiquitos hemos tenido que soportar el derrumbe y la varada, poner piedras y tablas para que puedan salir los carros enterrados en el barro, empujar, correr delante de los buses en la niebla, alumbrándoles el camino, o poner peso de un lado de ellos o de los camiones para que no se rueden al abismo por el otro. Aparentemente, no nos preocupa que siga sucediendo lo mismo, porque nos parece natural.
Héctor Abad señala que una tragedia anunciada como la de la semana pasada "la paga con el puesto el ministro" del ramo, y hay un escándalo en cualquier otra parte del mundo, pero no aquí. Ni siquiera los abogados especializados en ponerle pleitos al Estado se dan por enterados, aunque los riesgos que corren los usuarios fueran conocidos de antemano por los funcionarios negligentes que no hicieron algo para mitigarlos.
A los empresarios colombianos tampoco parece importarles la precariedad del sistema y de la infraestructura de transporte. Posiblemente, los que producen para el mercado nacional trasladan esos costos al consumidor, o se benefician de la protección que genera el mal estado de las carreteras. Pero los exportadores tampoco se quejan, y eso es más difícil de entender porque el sistema de transporte va en camino de hacer crisis.
Ya el ferrocarril se ha convertido en obstáculo para el desarrollo minero, por ejemplo, porque lo han monopolizado unos pocos usuarios y no da abasto. La carga nacional ha crecido más rápidamente que el producto desde 1998; y entre el 2003 y el 2005 creció más de 61 por ciento en toneladas. El número de vehículos que transitan por las carreteras crece más rápidamente que la economía. Pero la inversión pública en transporte ha disminuido apreciablemente desde 1994 en términos reales. Desde el 2003, el número total de kilómetros de carretera solamente ha aumentado en forma muy marginal y el de las carreteras primarias no ha crecido. Tampoco lo han hecho las vías férreas, y los ríos permanecen sin utilizar. Alguien debería pararle bolas a esto antes de que los costos se vuelvan prohibitivos o el sistema colapse por congestión.
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