La economía colombiana anda por buen camino, o por lo menos eso piensan los mercados internacionales. Se colocaron US$1.000 millones en bonos soberanos a 30 años y a tasas de interés de país sólido. De algo ha de servir un siglo de impecable comportamiento, sin haber jamás repudiado la deuda externa.
Detrás del optimismo brilla una mina.
No todo son, empero, sonrisas. El empleo continúa escurriéndose y la confianza del consumidor se revuelca en el limbo; ni sube, ni baja.
La reducida inflación, la moderada deuda de los hogares y los bajos intereses deberían ser motivo de estímulo, pero nada. Claro está que la inflación desciende por contracción de la demanda y la reducción de intereses no va acompañada por un achique de los márgenes de intermediación; el sector financiero se hace el loco y acumula pingües utilidades. Robusto sí es, cosa de no poca monta en los tiempos que corren.
Muchos analistas tuercen la cara por el desbarajuste de las finanzas públicas. Los recaudos de la Dian descienden después de un satisfactorio quinquenio, atribuible tanto a su eficacia como a lo escaso de los contribuyentes musculados. El gasto público, en cambio, es inmutable. Con aquello de medidas contracíclicas, el Agro Ingreso Seguro y una pila de elecciones en el horizonte, no hay ambiente para cuadrar las cuentas. Además, el presupuesto del Ministerio de Defensa ronda el 6 por ciento del PIB y, dado un preocupante repunte de las Farc, de pronto será necesario más. Si no, ¿para qué reelegir a Uribe?
En lo internacional, el principal mercado de Colombia, el gringo, se despereza muy lentamente, el loquito de al lado ya no deja pasar ni el contrabando y las antes dinámicas remesas de compatriotas se han medio esfumado. El peso que arrodilla al dólar tampoco redunda en favor de exportaciones -flores, banano, confecciones, textiles- tradicionales y sensibles para la generación de empleo. No cabe esperar milagros del comercio exterior.
Entonces, ¿de dónde viene tanto optimismo? Son las minas, bobo. El país gravita hacia convertirse en nación rentista, como la de los hermanos venezolanos. Condición nueva para gentes acostumbradas a trabajar el cafecito y la igualmente difícil coca. La tendencia se observa desde hace algunos años, pero nunca había sido tan evidente como ahora. El flujo de capital extranjero hacia el subsuelo podría superar el 6 por ciento del PIB. El petróleo y la minería se han echado a cuestas la inversión privada. Si, como se prevé, en el 2010 la producción de crudo llega a 700.000 barriles diarios y la de carbón a 100 millones de toneladas, Hacienda olvidará el déficit fiscal. Las regalías y la tributación de los mineros, para no hablar de los dividendos de Ecopetrol, resolverán su angustia. Y eso sin contar la futura explotación de oro. Colombia es un país aurífero desde antes de la Colonia (dar una vuelta por el Museo), si bien, por aquello de la ecología, los aluviones podrían agotarse sin mazamorreo.
Don Sancho Ximeno no sabe si vivir de la renta minera es bueno o es malo, como diría su parienta Godofreda. En tiempos de las flotas de los galeones, los comerciantes de Cartagena, dueños del monopolio, gustaban con ese arbitrio rentístico. Pero a Don Sancho le fue muy mal cuando tuvo que defender, en 1697, la entrada de Bocachica con sólo 15 de los 120 soldados veteranos en la nómina del Fuerte. Para entonces, la Carrera de Indias era una sombra de lo que había sido y la ciudad pasaba por una severa depresión. No había sembrado en los buenos tiempos. Los que descuidan la tarea acaban en... Chávez.
PUBLICIDAD