El mundo financiero infla su propia importancia. Prospera en el dinero fácil y cuando no lo hay, lo inventa. De su colapso brotan los superlativos: "el fin del mundo que hemos conocido", "la peor crisis desde la Gran Depresión", total, el acabóse. No tanto que queme al santo, por favor.
Es cierto, las burbujas hacen daño cuando explotan. Inducen el desempleo, un infame subproducto de excesos en la manipulación de papeles sin crear valor. Pero unos bancos quebrados y unos fondos de inversión empobrecidos no son la madre de todas las catástrofes. Calladamente, después de una drástica reducción de inventarios para depender menos de los financistas, el mundo real se recupera. Síntomas pronunciados de recobro llegan del Asia poblada, donde los que menos tienen son los primeros en levantarse. A un año apenas del latigazo Lehman Brothers, el universo entero asoma a la ventana.
Se insiste sin embargo, con argumentos retroalimentadores que el despertar será lento. Recuerdan que había crecimiento, porque los beneficiarios pasivos de altas tasas de interés insuflaban 'un consuma mijo, que mañana es tarde' a los tenedores de tarjetas de crédito, que en el mundo desarrollado son casi todos los que tienen uso de la sinrazón. Esa visión distorsiona. Nada tiene de malo que en los años venideros el agente económico rico ahorre más y consuma menos de lo superfluo. Mejor, quizá así la distribución de los bienes tendrá oportunidad de quedar repartidita.
Don Sancho Jimeno desde sus garitas insiste en que los prestamistas de Sevilla eran una plaga. Los responsabiliza de la caída de Cartagena en manos de los filibusteros que él combatió en 1697. Debilitaban el comercio indiano, que soportaba intereses del 50 por ciento y más, en tiempos en que los precios se movían lentamente con la mayor oferta de metales preciosos. La parafernalia de las flotas monopolistas para sostener la usura socavaba el intercambio legítimo. Prosperaba el contrabando, languidecían las cajas reales y no se recaudaba lo necesario para el pago de las tropas.
Como los recién llegados borbones a la España del siglo XVIII, los rectores del G-20 se dan golpes de pecho. Temblorosos por la intoxicación financiera se preparan para imponer la madre de todas las regulaciones. Sostienen que la clave de reencontrar la riqueza es la invención de hormas frescas. Querrán moldear, mediante freno de la irresistible propensión a endeudarse, la conducta del crecimiento económico, que, según afirman, de todas maneras será lento.
Qué razón habría para creerles ahora más que cuando pronosticaban la prosperidad indefinida. Ya nadie se acuerda de las proyecciones fabulosas de ayer apenas. Cambió el mensaje: se escucha el grito de la selva, el de los tambores batientes, que declara sospechosa a la oferta y la demanda como mecanismo para asignar recursos. Poca confianza inspira la mayor intervención burocrática. Deng Tsiao Ping y Rao la tenían clara. Hay que desatar la demanda de los que no tienen y dejar que el mercado regule la oferta para satisfacerla.
Risibles son las afirmaciones sobre una supuesta aversión al riesgo por el sacudón, paradigma por cierto de todo régimen totalitario que suprime la libertad económica. Es un escenario que desconoce fibras íntimas de la naturaleza humana. Sin correr riesgos la especie que piensa sería todavía organismo monocelular.
rsegovia@axesat.com
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