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Rodolfo Segovia

Recato de estadista

Publicado el 28-08-09

Fue uno de los mejores gobernadores de Cartagena de Indias. Reanimó la ciudad sobrecogida de terror después del tenebroso saqueo por los filibusteros en 1697. El mismo que don Sancho había tratado de evitar con más entereza que éxito desde el Castillo de San Luis de Bocachica. El maestre de campo, Juan Díaz Pimienta y Zaldívar, llegó en 1699 y poco después partió a suprimir la colonia comercial y religiosa Nueva Edimburgo que escoceses habían fundado en el Darién (Panamá) con la intención de partir el imperio español en dos.

Díaz Pimienta salvó a la patria y su administración fue modelo de cordura para restablecer la autoestima de una ciudad que había perdido la confianza en sí misma. Se le recuerda como uno de los más 'íntegros y celosos que las Indias habían conocido'. Cuando se cumplió su quinquenio se alzaron muchas voces para pedir la prórroga de su mandato. Pero no, sabiamente la Corona ratificó la política anticontinuista que llevaba siglo y medio de vigencia.

Con motivo del Bicentenario, y ya tan lejos del 'cesó la horrible noche' del Himno Nacional y de la necesidad de justificar una fortuita separación, bien se haría en recoger aciertos de la tradición hispana. Entre ellos, la invariable costumbre de limitar a cinco años la estadía de los gobernadores en el cargo. Según el Derecho Indiano, las prolongaciones enquistaban intereses, magnificaban malquerencias y acentuaban el autoritarismo. No convenían ni al Rey ni a los gobernados.

El monarca razonaba que sus gobernadores nunca eran indispensables. La estabilidad provenía de la legislación, las ordenanzas y los usos y costumbres, depósitos de la tradición y del Derecho Divino a reinar. Don Sancho, como se sabe, nunca tuvo que habérselas con la soberanía popular y sus intérpretes, y mucho menos con el positivismo y sus abusadores. Él, creía en el continuismo, pero en el que apuntala cualquier sociedad organizada. Lo que ahora llaman las Instituciones, con mayúscula.
En esos tiempos abundaban las disparidades sociales y las disputas dentro de las élites eran como para reservar butaca de platea, pero se le ahorraba al común el nada edificante espectáculo de la desnuda lucha por el poder que desborda todo pudor. Don Juan Díaz Pimienta, caballero de la Orden Calatrava, se fue sin chistar y esperó tranquilo su juicio de residencia, seguro de que sería dado por 'justo y buen ministro'. La Corona contaba con talentosos servidores para sustituirle.

Estará alguien reflexionando en la Casa de Nariño, los altos tribunales y el Congreso acerca de un país semiparalizado que añora tranquilidad para salir de la recesión y crear los empleos, cuya carencia golpea a los más débiles. Echará a andar si se le deja seguir por sus bien trillados causes institucionales. La incertidumbre anida parálisis, cuando no una pésima asignación de recursos del erario que desaparecen en un sumidero de corruptelas.

El país agradece a Álvaro Uribe haberle rescatado la viabilidad. Calificados aspirantes han manifestado deseos de proseguir, con ajustes, por ese derrotero. Pero si el narcisismo que desfigura a veces el ejercicio del poder llevase a la consulta del 'espejito, espejito quién es el más bonito', se corre el albur de que aparezca la silueta de Fujimori, quien también redimió una nación al borde del caos. Depárele mejor suerte a Colombia. Usted ha sido un gran presidente doctor Álvaro, sea también con recato un gran estadista.

rsegovia@axesat.com

Rodolfo Segovia

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