La recesión podría estar cerca de conseguir lo imposible: erradicar la guerrilla colombiana al estrangularle la financiación. Por la rendija de la legalización de la marihuana medicinal se está colando un ángel.
California, en medio de afanes fiscales sin precedente, le está haciendo ojitos a cobrarle impuestos al consumo de la 'maracachafa'. Los dispensarios de la yerba que se han esparcido vertiginosamente por todo el estado adquirirían la misma respetabilidad que las máquinas de cigarrillos; todo un hito hacia la descriminalización del tráfico de estupefacientes y la reducción de los márgenes de comercialización que por lo ilegales invitan la participación de guerrillas y otros rufianes.
La ciudad de Oakland, quebrada, está a punto de aprobar por referendo que los distribuidores de marihuana tributen. Tiene el respaldo de éstos que ven en él la oportunidad de legitimarse. Lo probable es que el ejemplo sea seguido por centenares de comunas californianas en aulagas presupuestales. Y lo que nace en California, generalmente se riega por todo Estados Unidos.
Ya a principios de este año un representante a la asamblea estadual presentó un proyecto de ley para legalizar y gravar la yerba, que muchos consideran es el negocio más lucrativo de California. Con la recesión y el gigantesco déficit del estado -a los contratistas les pagan con vales- el proyecto congrega adeptos.
Se estima en 14.000 millones de dólares el valor de la cosecha, si bien otros dan por exagerada la cifra y se preguntan qué fuman los que la calculan. Sea como fuere, las encuestas indican que, en Los Ángeles, por ejemplo, el 60 por ciento está de acuerdo con legalizar y cobrar impuestos.
La marea es de fondo. La clase política, en rezago de la opinión, le teme a un arraigado paradigma electoral según el cual ser tolerantes con la droga es veneno en las urnas. Pero frente a un hueco presupuestal sin fondo y la creciente tolerancia del uso privado de la marihuana (medicinal para emplear el eufemismo gringo), no cae mal aplicar un lucrativo gravamen de 50 dólares por onza.
Obama ha hecho saber que no perseguirá a los expendios de yerba que se ajusten a las leyes de cada estado aunque sea todavía una ofensa federal. Un clima de liberalización carbura un tren que por las casi insolubles presiones fiscales va a la vanguardia de matizar el rechazo a los alucinógenos y que transporta no sólo los viajeros habituales, sino también al americano medio.
Por otra parte, en el otro lado del mundo, la amapola dispersa semillas de terror. Según la ONU, el 93 por ciento de la heroína mundial proviene de Afganistán. Arma a los talibanes. Estados Unidos aumenta el pie de fuerza para combatirlos y detrás va la DEA, aferrada a la misma obtusa frustración que en otras latitudes.
La política de interdicción total financia a los terroristas del Himalaya, igual que a los de los Andes. Quizá las bajas en cabeza propia en vez de en cuerpo ajeno, como en Colombia, acelerarán el ferrocarril californiano.
Don Sancho Jimeno probó en las serranías de su Vizcaya natal un amargo hongo que lo arrulló en tecnicolor. No le quedaron más ganas. En cambio, tenía presente el rostro codicioso de los filibusteros que trató de rechazar corajudamente a la entrada de la bahía en 1697. Eran guerrilleros contratados para saquear a Cartagena de Indias por traficantes de la rapiña con altos márgenes en comercializar botines.
PUBLICIDAD