Don Sancho Jimeno, después de haberle puesto el pecho al asalto francés del San Luis de Bocachica en 1697, contemplaba sus extensas dehesas desde el alto de Torrecilla en la cuesta de Turbaco. Las tierras se extendían hasta orillas de la bahía de Cartagena. Uno de los repartos ribereños era la hacienda de Mamonal, abundante en árboles de mamón, la deliciosa fruta de pulpa amarillenta. Allí se estableció en 1925 el puerto del oleoducto de la Andean que transportaba desde el Magdalena Medio petróleo para la exportación, y allí se construyó en 1957 una refinería. Ecopetrol la adquirió en 1974.
Ante la necesidad de modernizar y ampliar la refinería de Mamonal, el Gobierno colombiano decidió buscar un socio que contribuyera a financiar un proyecto cuyo costo se estimaba inicialmente en 800 millones de dólares. Ecopetrol aportó sus instalaciones a una nueva compañía (Reficar) donde el mejor postor adquiría la mitad más una acción por capitalizarla y se comprometía a un cronograma de obras. Para sorpresa de muchos el ganador resultó ser Glencore Internacional AG, una gran comercializadora de hidrocarburos (entre otros muchos productos) sin experiencia en refinación.
Bajo el liderazgo de Glencore el costo de la obras aumentó a 3.000 millones. No sólo se ampliaba de 75.000 a 165.000 barriles diarios sino que la refinería se perfilaba como una de las más sofisticadas en el mundo. La totalidad del petróleo se convertía en productos blancos (sin fuel oil o asfalto) de altísimas especificaciones destinados a mercados externos. Se alineó tecnología. El contratista general (CBI) inició preparación de áreas. Maravilloso... hasta cuando llegó la crisis.
Glencore 'pidió cacao'. Propuso posponer inversiones. Uno de sus argumentos es válido. El valor de la refinería se había elevado no sólo por la mayor complejidad, sino porque en los últimos años, hasta antes de la caída de los precios del petróleo, los costos de materiales y contratación se habían doblado. Al posponerse grandes proyectos y al desplomarse el precio del acero todo ha comenzado a costar menos. Un poco de paciencia debe redundar en ahorros substanciales. Está pasando.
Menos aceptable para justificar demoras es el otro argumento de Glencore. Según su versión, los bancos multilaterales y, en particular el Banco Interamericano de Desarrollo, han manifestado que Colombia copó su cupo con los préstamos que se ha apresurado a contratar para hacer frente a la crisis mundial. Sin el BID es difícil que la banca privada, en el enrarecido ambiente crediticio actual, abra su bolsa. Insincero; el quid no está en el aval, sino en las prioridades de Glencore. Por lo tanto, pobre excusa para soslayar su responsabilidad de obtener financiación. Uno de los principales motivos de Colombia para buscar el socio de Cartagena fue justamente el deseo de no comprometer la capacidad soberana de endeudamiento, cuyo destino debía ser la inversión social.
El presidente Uribe transmitió en Davos su inconformidad a los dueños de Glencore, que tienen otros importantes intereses en el país. Su apalancada compra al mayor accionista, el fugitivo Marc Rich -perdonado después por Bill Clinton- es la génesis de la compañía. Nada mejor que cumplirle a Colombia para demostrar que no heredaron malas mañas. Eso esperan Cartagena y don Sancho, en cuya heredad se levantarán las torres de destilación.
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