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Rodolfo Segovia

Paquete exitoso

Publicado el 03-10-08

Crisis de liquidez han afectado las economías del orbe desde cuando el inmenso raudal de plata americana monetizó en doblones el intercambio universal. Las inagotables minas del Nuevo Continente inundaron al mundo durante tres siglos. La mitad de ese tesoro recaló en Cartagena de Indias. El fulgor de las flotas de la plata atrajo los forajidos que atacaron la ciudad en 1697, cuando Don Sancho Jimeno se distinguió por su heroica
resistencia en el fuerte de San Luis de Bocachica.

El apego al metal precioso siguió en la mente monetaria aún después de que los gobiernos aprendieran a emitir circulante de papel. El remilgo sicológico se abandonó durante y a causa de la Gran Depresión, cuando se liquidó el patrón oro. Desde entonces, se ha afinado el teclado monetario y se ha aguzado también la creatividad de los financistas, siempre unos pasitos adelante del regulador.

El mercado financiero es un instrumento utilísimo, insustituible para movilizar el ahorro y conseguir una eficaz asignación de recursos de inversión. Es la manera de enriquecer la sociedad como un todo, minimizando el desperdicio. El intermediario corre riesgos y se gana su remuneración. A través de los tiempos, sin embargo, la ingeniería financiera, se ha enredado es su propia imaginativa trama. Está pasando en el Primer Mundo.

La pirámide de garantías anónimas construida alrededor de hipotecas para endeudarse y, reempaquetándolas, volverse a endeudar, tiene al borde del colapso los circuitos financieros. Nadie confía en nadie y por lo tanto las entidades bancarias no se prestan ni siquiera entre sí. Al cegarse la disposición a otorgar créditos, que es su función y justificación, se ahorca al sector real y se genera contracción de la economía.

El suministro de vivienda y espacios comerciales está sujeto a ciclos. Es imposible prever cuándo se satura la demanda que flexiona los precios. Proceso normal de los ciclos económicos y pequeña tarifa que paga la economía por confiar en las señales de mercado para asignar recursos. La corrección llega normalmente sin traumatismos pero no en esta ocasión. La baja de intereses había llevado inversionistas normalmente cautos a tratar de buscar mejores rendimientos sin perder seguridad y liquidez. Los encontraron en la pirámide hipotecaria que ofrecía la aparente solidez de la propiedad raíz, combinada con la liquidez de la titularización. Al caer los precios inmobiliarios el castillo comenzó a derrumbarse, todo agravado porque, dada la abundancia de fondos y la sed por títulos hipotecarios, se le había prestado a cualquiera, sin que llenara los requisitos mínimos de deudor solvente.

Cuando los mercados dejan de hacer su oficio el Estado entra a barajar. Lo ha hecho en múltiples ocasiones durante casi un siglo.

No es el fin del capitalismo sino la aplicación práctica de principios de economía política. Sin que el proceso sea necesariamente equitativo o eficiente se evitan males mayores. En E.U. se retuercen para meterle la mano al dril al contribuyente en vísperas electorales y no es para menos. El paquete de rescate puede costar algo más del 5% del PIB, o si se prefiere, un aumento de 6,5% de su fenomenal deuda pública, pero pasará los filtros del Congreso, porque es inevitable. Muy pocos quieren apostarle a la lenta corrección vía el mercado mismo.

Don Sancho ofrece mandar al norte los expertos que se inventaron Fogafín en Colombia y que, con fondos del erario, rescataron el sistema financiero nacional del colapso. Gracias en parte a ello, la crisis de la deuda durante la administración Betancur a principios de lo años 80 causó apenas una contracción modesta del sector real. Los bancos y los ahorradores se salvaron. El Estado recuperó su plata en venta posterior. Los dueños quedaron diluidos y no vieron un cobre. Paquete exitoso.

rsegovia@axesat.com

Rodolfo Segovia

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