¡Al fin parió Pabla! Se desempantana la Ruta del Sol. Hace doce años se adjudicó a Commsa (un consorcio colombo-hispano) la concesión de la nueva carretera para comunicar la sabana de Bogotá con el río Magdalena cerca de Puerto Salgar. El montañoso tramo constituye el enlace crítico de la capital con Medellín y los puertos del Caribe. Substituiría el camino actual que trepa penosamente por Honda, Guaduas y el endiablado alto del Trigo, residuo del camino real para bestias coloniales. La adjudicada vía nunca se hizo; perdió el rumbo en un entrevero jurídico-ingeniero, costosísimo para un país que busca la competitividad. Pero hay un nuevo aire.
La Ruta del Sol es de vida o muerte para el Caribe portuario. La conexión de Buenaventura-Bogotá con doble calzada y túnel en La Línea avanza a toda marcha. Y eso está bien; Colombia competitiva requiere un gran puerto en el Pacífico. Está menos bien, sin embargo, que el 70 por ciento de la carga con destino a sus muelles haya primero franqueado el canal de Panamá. Se incurre en sobrecostos para un país con la fortuna de poseer costas sobre dos océanos. La película es vieja. Hace 60 años, mientras el Triángulo se intercomunicaba por tierra con Buenaventura, los puertos del Caribe seguían dependiendo del Río y languidecieron. No hay que repetirla, ciertamente no por cuenta de los recursos del Estado.
Y la inversión pública anda rezagada. Una de las razones, aparte de pachorra del ministerio de transporte, ha sido a la incertidumbre sobre el trazado de Bogotá al Magdalena. Existían, una vez descartado un embeleco ministerial de doble calzada a Honda, tres alternativas (con coincidencias): la original de Invías, la a destiempo de Commsa y una tercera, con imaginativo viaducto encima de la banca del Ferrocarril del Magdalena, propuesta por el ministro. Demasiada complejidad para un desbordado Instituto Nacional de Concesiones, que ha estrenado seis directores en seis años. Sabiamente se apeló a la IFC.
El resultado del estudio, a más de salomónico, es poco menos que sorprendente, y no muy halagador para la ingeniería colombiana, que lleva 40 años buscándole salidas a la compleja carretera. El asesor no se dejó encasillar por la ruta del tren, plagada de escollos geológicos, y exploró zonas al oeste de Villeta (hacia Guaduas) hasta encontrar un recorrido que reduce éstos riesgos, le saca el quite al alto del Trigo con apenas 3,2 kilómetros de túneles (cuarenta por ciento menos que la otra mejor alternativa) y obtiene un óptimo costo-beneficio. Facilita además la movilización desde el antiguo Caldas, anhelo recóndito del ministro. Para los que se interesan en detalles, una vez se desciende de Guaduas a Guaduero se sigue de cerca lo propuesto por Commsa hasta empatar con el resto de la Ruta del Sol al norte de Puerto Salgar.
Don Sancho Jimeno aplaude. El conocía de montañas abruptas en su nativa Cantabria pero unas vez llegado a Cartagena el heroico defensor de Bocachica contra los franceses en 1697 no supo de más lomas que la pequeña subida, en el camino de Turbaco, a la casona de Puente Honda, fresca sede de sus extensas propiedades rurales. No se imaginaba siquiera la grandeza de lo Andes aunque entendía, cuando hasta las mulas se le resbalaban en época de lluvias, la importancia de un buen sendero para negociar cuestas.
La Ruta del Sol desde Tobiagrande hasta la Ye de Ciénega, cuyo primer reto reside en el acceso de la meseta capitalina al Magdalena, es uno de los mayores proyectos de infraestructura vial en el mundo. El valor de sus más de mil kilómetros se estima en 2.500 millones de dólares. No habría cómo pagarlo por peaje.
La complejidad financiera es enorme, aun sin considerar que en diez o quince años necesitará doble calzada. Acertadamente la consultoría de la IFC se extiende hasta estructurar la concesión. De manos del Inco no saldría nunca.
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