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Rodolfo Segovia

Juegos cortesanos

Publicado el 14-03-2008

Brest era un hervidero comercial. Los bretones, hábiles y emprendedores, aparejaban flotas para los océanos del mundo. También armaban flotillas de corsarios. Las guerras imperialistas de Luis XIV se prestaban para todas las aventuras. En el Caribe, Cartagena de Indias relucía roja y jugosa como mango maduro. Tanto, que en 1696 no hubo cabida para todos los inversionistas que deseaban aportar dinero a una expedición cuyo objetivo era su captura. Le apostaban a copiosos rendimientos. El Rey Sol suscribió gustoso; contribuyó navíos, pertrechos y al curtido almirante Jean Bernard Dejeans, barón de Pointis, como comandante de la escuadra. En Haití se le sumó la hez de los mares, bucaneros 'que van y vienen como las olas', acaudillados por Jean Batiste Ducasse, veterano negrero y ahora gobernador de la díscola colonia. Se pactó que cada pirata recibiría porción del botín igual a la de los hombres embarcados en Francia.

A mediados de abril de 1697, más de 500 cañones piratas bombardeaban el Fuerte de San Luis de Bocachica, donde don Sancho Jimeno se batía estoicamente. Dio el pecho con 140 inexperimentados reclutas y unos pocos veteranos. Su bizarría llenó de admiración a de Pointis, quien le ofreció su propia espada cuando el castellano, ya abandonado por sus tropas, salió del castillo todavía diciendo que ni se rendía ni pedía cuartel. Le repugnaba en particular inclinarse ante los infames secuaces de Ducasse. Todo aquello era muy galante pero inútil. Quince días más tarde un pusilánime gobernador capitulaba después de casi apenas simbólica resistencia. "O miserable Cartagena..., llora tu ruina...", dirá un testigo presencial.

Señor de la ciudad, el vencedor se dedicó a extraer y acopiar el oro y la plata que Cartagena había acumulado durante más de 100 años de paz, agazapada detrás de sus murallas. Quedó, sin embargo, defraudado. Las damas de alcurnia habían salido hacia el interior desde antes del ataque con sus mejores alhajas y con baúles cargados de morrocotas. No queriendo prolongar torturas para resarcirse y temeroso de la disentería diezmaba sus huestes, de Pointis optó por estafar a los filibusteros. El primero de junio, abandonó la bahía sin compartir el botín. Ducasse también se retiró, prefiriendo ir a reclamar sus derechos en la corte del Rey, pero dejó tras si 1.000 desalmados compinches que procedieron a saquear la ciudad indefensa hasta el último clavo, apelando a los más bárbaros procedimientos. Como dirá uno de los filibusteros: "si el perro dejó nuestra parte en Cartagena, es allá donde hay que ir a buscarla". El horrendo pillaje arruinó a la ciudad, que necesitará décadas para rehacerse.

En 1701, muerto sin descendencia el último monarca habsburgo, un cataclismo dinástico lega las Españas a un rey francés, Felipe V, nieto de Luis XIV. Se desata una guerra mundial cuyo objetivo es destronarlo. La odiada Francia se transforma en aliada, cuyos navíos protegen el comercio hispano. Jean Batiste Ducasse pasa de gobernador de Haití y bucanero, a capitán general de los mares de Indias. Es el hombre de confianza que ofrece a Su Majestad Católica en Madrid "hincarse a sus pies para darle un amplio conocimiento de todas las luces adquiridas /en América/ y lo que convendría para el buen orden de las Indias". A principios de septiembre de 1702, Ducasse propina una sonada derrota a los ingleses frente a las costas de Santa Marta y ancla triunfador en Cartagena. Se le recibe con el besamanos y Te Deum de rigor. El verdugo reciente es el amigo del día. A don Sancho se le retuercen las tripas, pero se adviene a los juegos cortesanos. Ayer como hoy, qué más podía hacer.

Rodolfo Segovia

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