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Cartagena aún no se recuperaba del espantoso saqueo a manos de piratas franceses en 1697, pero a don Sancho Jimeno, el único que puso la cara durante esas vergonzosas jornadas, le quedaba poco tiempo para pensar en ello. Corría el año de 1700 y su legendaria defensa de Bocachica a la entrada de la bahía era cosa del pasado. Ahora le preocupaba la suerte de España y sus extensos dominios americanos. Su rey Carlos I agonizaba sin que se supiera quién habría de sucederle. Felipe, el borbón francés, y Carlos, el habsburgo austriaco, con cohortes de naciones aliadas, se disputaban la herencia. Estaba en juego el trono más codiciado del universo. Crecía el suspenso.
Avezados comentaristas políticos, dentro y fuera de los Estados Unidos, daban por sentado que la ex primera dama y senadora Hillary Clinton sería por estas calendas candidata del Partido Demócrata. Iba a ser ungida por una rumbosa Convención y electa presidenta en noviembre próximo. La esposa de Bill había partido en punta, contaba con la anuencia del establecimiento y sus arcas estaban llenas. Pero le surgió un rival tan inesperado como aparentemente inexplicable: un joven y elocuente congresista estrenando senaturía, un mulato de apellido Obama que hoy la aventaja en delegados comprometidos para la Convención Demócrata.
Politólogos aficionados a cantar las jugadas después del partido dicen que Hillary engendró a Obama. El aura de oportunismo e inconsistencia moral que la ha rodeado fue el caldo de cultivo para dar paso a una figura fresca, sin vínculos con componendas y claroscuros éticos. Obama ha congregado una coalición de jóvenes atraídos por su vivaz idealismo no exento de demagogia, intelectuales de izquierda, demócratas acomodados que pueden darse el lujo de cultivar su sentido crítico y, por supuesto, hermanos de raza.
Queda mucho trecho todavía por recorrer. En las primarias que se celebrarán en marzo, los estados de Texas (con fuerte componente latino cuyo voto desfavorece al candidato negro) y Ohio (de densa población obrera y amarres sindicales favorables a Clinton) podrían resultar la tabla de salvación de Hillary. Necesita ambos para sobrevivir. Lo dicen sus propios asesores. Mientras tanto el modesto óbolo del donante raso está entrando copiosamente a la campaña de Obama al tiempo que la senadora tiene que meterse la mano al dril familiar para sostener el tren de gastos electorales.
Listos para inclinarse ante el sol que más brille están los caciques -senadores, representantes y altos funcionarios del Partido Demócrata con derecho a voto- que representan el 18 por ciento de la Convención y que podrían ser definitivos para la bien conectada Hillary. No se vivía tanto suspenso desde el fotofinish de la Convención Republicana de 1952, cuando el general Eisenhower le ganó por una nariz al senador Taft.
Los republicanos, por su parte, han ya escogido el único candidato que a pesar de la impopularidad de George Bush tiene posibilidades de atraer el voto independiente. John McCain, centrista en materia social, efectivo legislador y experto en asuntos de defensa nacional, ha hecho gala de honestidad intelectual y de consistencia en las posiciones que asume. Más aún, mientras más lo acusan de no ser suficientemente conservador, más lo acercan a la posibilidad de ganar la presidencia. Dado por cadáver político hace seis meses, este genuino héroe del conflicto en Vietnam, armado con la estoica paciencia del prisionero de guerra que fue, ha resucitado para dar la pelea. Don Sancho especula que, como en la fábula de la carrera entre la tortuga y la liebre, el tardo McCain puede llegar descansado a la meta mientras sus contrincantes demócratas, exhaustos después de haberse vapuleado entre ellos, muerden el polvo en alguna cuneta del camino.
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