Con el título de esta columna bautiza Thomas Friedman su último libro que vale la pena leer en estas épocas en que todo se concentra en la crisis del momento. Vale la pena, porque no se debe olvidar que estamos viviendo una situación grave, pero que no deja de ser coyuntural, y que tarde que temprano quedará atrás. Saldrán ganadores y perdedores pero, al fin y al cabo, las economías se recuperarán y esto quedará como un punto de referencia en la historia de los países y en las vivencias de la gente.
El libro de Friedman nos recuerda que con crisis o sin ella hay algunas tendencias predominantes que van moldeando el mundo en que vivimos y que van a ser los determinante en los años por venir. Ese mundo va a ser complejo y muy distinto del mundo a que estábamos acostumbrados. Será, como dice Friedman un mundo caliente por efecto del cambio climático y eso tendrá repercusiones de mucha índole. No serán solo los fenómenos climáticos que estamos viendo de manera cada vez más dramática, sino que hará necesario la reubicación de personas y actividades productivas. Pero, además, será necesario que las industrias se acoplen a las nuevas exigencias que pronto dejarán de ser voluntarias para hacerse obligatorias, pues de otra forma, habrá zonas del mundo invivibles al cabo de pocos años.
Primero, será un mundo cada vez más 'plano' como dice este autor como sinónimo de un mundo cada vez más interconectado y globalizado que hará cada vez mas impredecibles los comportamientos económicos y sociales y, dejará a los gobiernos con menos y menos grados de libertad para actuar. Esta crisis que vivimos es solo una muestra de la interconexión creciente y de cómo resulta iluso pensar que se puede hablar de países y de economías 'blindadas' frente a la globalización.
Segundo, será un mundo lleno de gente y las cifras en este sentido son apabullantes por el ritmo de crecimiento de la población. Pero no es solo más gente, sino que vendrá de países relativamente nuevos en el escenario mundial de los últimos siglos. Más asiáticos, africanos y latinoamericanos son equivalentes a más migrantes hacia los países ricos con todo lo bueno y lo malo que esto trae.
Por el otro lado, esto quiere decir más requerimientos de bienes tan esenciales como el agua que, en muchos lugares, es un bien cada vez más escaso. Esto quiere decir, más demanda por energía en todas sus formas y, mientras no aparezcan sustitutitos verdaderamente relevantes, significa precios altos de energía.
Por su parte, los países petroleros, a pesar de la caída en los precios, siguen siendo los grandes poseedores de liquidez y, seguramente, de esta crisis se desprenderán transferencias importantes de la riqueza hacia países que no son solamente ricos, sino que tienen una visión muy diferente de la que llamamos occidental.
En fin, el mundo está cambiando de manera drástica y no podemos evitar que esto sea así. Lo mínimo que se puede hacer es tratar de entender hacia dónde vamos para poder ubicarse en el nuevo contexto.
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