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Saltar del barco

Publicado el 31-07-08

Sabe mejor que nadie Marta Lucía Ramírez, la admiración y el aprecio que siento por ella. Sin embargo, no puede pasar inadvertido el comportamiento que la Senadora y algunos otros congresistas han asumido frente a la crisis que enfrenta el parlamento y los partidos políticos, en medio de niveles de popularidad que dan pena y amedrentados por las detenciones preventivas que profiere contra ellos la Corte Suprema de Justicia.
Y es que no se trata de defender a los culpables sino de pedir garantías mínimas para los procesados. No es cuestión de respaldar la impunidad sino de exigir imparcialidad, sana crítica de los testimonios y pruebas contundentes en cada uno de los casos.
Que haya doble instancia o no, importa poco cuando la exigencia y el rigor que se imponen los propios magistrados le dan tranquilidad a sus reos, pero eso no está ocurriendo y quienes pudieran defender la institucionalidad han preferido saltar del barco.

Se acabaron los congresistas valientes, aquellos dispuestos a defender la legitimidad del Congreso como institución política suprapersonal. Ya no quedan quienes se atrevan a cuestionar o siquiera a estudiar las providencias judiciales en contra de sus compañeros, o aquellos que pregunten, por ejemplo, por qué a unos se les investiga preliminarmente y a otros se les captura para investigarlos.

¿Alguno se ha atrevido a preguntar por qué avanza tan rápido la 'parapolítica', mientras aquellos congresistas vinculados flagrantemente con las Farc andan tranquilos ocupando sus curules?

Saltar del barco ha sido la opción de muchos y como elector de algunos de ellos me declaro vencido y decepcionado con sus actitudes. Que una líder de la talla de Marta Lucía Ramírez diga que no asume la dirección de su partido, el de la U, porque eso "significaría echarme encima la responsabilidad de futuras capturas", es una posición bastante cómoda, en exceso vanidosa y cobarde como ninguna. Pero no se queda atrás el otro candidato presidencial, Germán Vargas, que ha abandonado a su suerte a los miembros encarcelados de su partido y prefirió irse a estudiar en España en el momento más decisivo de la política y la justicia en Colombia.

Los liberales, salpicados como ningunos con la crisis, también han resuelto asumir el comportamiento del avestruz. Nadie asume la responsabilidad de los culpables, pero lo que es más grave, nadie defiende a los inocentes.

Los partidos políticos y los dirigentes que hacen parte de ellos nos siguen dando vergüenza. Son máquinas electorales de momento y no estructuras cuyas columnas principales sean las ideas y las convicciones políticas compartidas y profundas. Pero la historia, que es justa, habrá de ahogar a quienes hoy han saltado del barco.
jmam@columnist.com

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