Todo obra física -por pequeña que sea- es, si no quiere ser solamente un montón de ladrillos apilados, una obra espiritual. No hay verdaderas obras físicas que no sean obras para el espíritu humano. Y al revés. El espíritu humano requiere del soporte del ámbito físico para darse volumen, para realizarse, para actualizarse diría hace más de 2000 años la sabiduría de Aristóteles. Esa, con toda sencillez, es la idea que anima la primera casa en forma de novela de Eduardo Escallón. Ha logrado, ladrillo tras ladrillo, palabra tras palabra, construir una casa de amplios espacios soleados, que, literalmente, están al revés, dependiendo del punto de vista que el lector, casi sin saberlo, va teniendo de la casa. Me imagino que todos los escritores en su primera novela, al igual que los arquitectos con su primera casa, tienen que vérselas con dos retos:que la casa funcione y que sea bella,vale decir,que se lea con solo mirar y que se habite con solo entrar. Eduardo logra eso. A mi juicio, El Cielo al Revés, es una construcción que cumple cabalmente con los dos retos.
Tal vez algo de eso debió rondar en las cabezas de los jurados que la consideraron una de las diez mejores novelas del Premio de la Editorial Planeta del año pasado. Yo, que estoy lejos de ser un crítico literario o algo parecido, si tengo como muchos, un pequeño arquitecto frustrado adentro y por eso es que digo lo que digo. Para empezar, como todas las buenas casas, la cocina antes que el comedor, es el centro de la novela de Escallón. Porque se puede comer en una cocina pero no cocinar en un comedor. Incluso antes que las alcobas o los jardines de la casa que el lector irá recorriendo con asombro y deleite, la cocina y todas sus alacenas secretas, son el sol alrededor del cual giran los demás planetas. Confinados o no, los espacios físicos que la novela va enseñando se subordinan a las esencias que los han inspirado. Casi literalmente. Porque si bien las habitaciones para el reposo del viajero y del guerrero son indispensables, son menos importantes si antes el paladar no está a gusto y el estómago en paz. Que no lleno. La casa que Eduardo ha construido huele todo el tiempo a especias y a yodo, y en ella, el rumor del mar es tan insistente, que la tierra en la que fue hecha tiene más agua salada por debajo que raíces. Eduardo Escallón ha ido colgando en las paredes de su novela lanzas sorpresivas y yelmos de tiempos idos, cartas improbables pero ciertas, monedas de oropel y de plata, restos de astrolabios, corpiños de seda, foques solitarios y cruces de diferentes tamaños.
El visitante podrá comprobar con sólo afinar un poquito el sentido de la vista y el olfato, que todos esos objetos -y otros que no nombro-, son los mismos que ahora penden de las vanidades y las tribulaciones actuales. Eduardo Escallón cuenta una historia que hizo historia. Eso es verdad. Su casa, en ese sentido, confiesa sus influencias sin ambages. Pero la inspiración es única. Y además, para mi gusto, es un acierto que haya elegido contar lo que cuenta, antes que desde su formación de historiador y estudioso del tango y las causas perdidas, desde su espíritu de hedonista no exento de cierta tortura planetaria. Como los buenos arquitectos, la casa que Eduardo Escallón ha dibujado desde sus cimientos, es un lugar donde sigue ocurriendo todo lo que le pasa a los hombres.
jcbayona@gimnasiomoderno.edu.co
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