Si los alemanes tuvieron en los años 30 su carro del pueblo (Volkswagen), los colombianos, gracias a los arrebatos de Chávez, tendremos la oportunidad de tener en los próximos meses 10.000 unidades del 'carro de Chávez' circulando por las calles de nuestras ciudades y carreteras del país, preservando el orgullo y dignidad nacional y evitando así dejarnos amedrentar (una vez más) por nuestra hermana República.
El nombre Volkswagen (automóvil del pueblo) tiene su origen en los años 30, cuando el Gobierno alemán, con el proyecto de construir un automóvil que fuese accesible para un gran número de personas, lanzó un concurso entre empresarios particulares para la concesión de la fabricación del denominado 'automóvil del pueblo'. Ferdinand Porsche fue el encargado de llevar a cabo el proyecto, cuyo fin era construir un vehículo sencillo y barato que pudiese estar al alcance de la mayoría de los alemanes. Hoy, circulan por el mundo millones de estos automóviles, conocidos igualmente como 'escarabajo'.
No deja de sorprender la forma como el presidente venezolano recibió a su homóloga argentina -ésta sí elegida popularmente-, con bombos y platillos, honores militares y vistosa camisa 'rojo bolivariano', manifestando públicamente los ambiciosos acuerdos comerciales binacionales suscritos entre dos países de ubicación geográfica opuesta (cono sur y extremo norte), para la adquisición de alimentos; y, ¡qué casualidad!, 10.000 automóviles, que en palabras textuales de voceros del Gobierno venezolano, "iban a ser comprados a Colombia".
Con el último arrebato del mandatario de colorida camisa, surge la oportunidad para las ensambladoras nacionales de brindar al pueblo colombiano la posibilidad de adquirir 10.000 unidades de automóviles a buen precio y una invaluable oportunidad de mantener y preservar nuestra dignidad nacional.
La fórmula que permitirá la circulación por nuestro territorio de 10.000 unidades de vehículos 'orgullosamente colombianos', y que permitirá a muchos colombianos, incluyendo ministros y empresarios, en cabeza de los presidentes de las ensambladoras afectadas es muy sencilla: nuestras ensambladoras no deben, por un momento si quiera pensar en replantear su plan de producción y seguir avante como si nada estuviera ocurriendo. Deben pensar en una fórmula creativa para otorgar un buen descuento sobre las unidades que se pensaba exportar al vecino país (o a cualquier otro país vecino dirigido por personajes de coloridas o extrañas camisas). Este descuento puede ser muy atractivo si se piensa en el enorme costo de fletes y seguros hacia el vecino país, el desgaste del lobby e incómoda genuflexión ante gobiernos vecinos para que nos 'hagan el favor' de comprar nuestros productos y el costo de oportunidad que implica la incertidumbre en la colocación de estas unidades en mercados externos, cuyas condiciones de reintegro de divisas son tristemente conocidas.
El Gobierno y la banca pueden poner su grano de arena, otorgando a microempresarios, amas de casa, estudiantes y colombianos de bien, facilidades para créditos con tasa preferencial y permitir de esta forma la rápida venta de estas unidades personas orgullosas y solidarias con su industria nacional. Todos nos veríamos beneficiados, comenzando por 10.000 matrículas en diversas ciudades del territorio nacional, igual número de impuestos de rodamiento, el consumo de combustible, los ingresos por repuestos y mantenimientos, y sobre todo, la preservación del orgullo y la dignidad patria.
En torno a esta iniciativa, hasta las empresas de publicidad pueden resultar beneficiadas con el lanzamiento de campañas de divulgación de sensible, pero justificado toque nacionalista en apoyo a esta iniciativa.
Si alguna ensambladora nacional puso a circular automóviles bajo el sello o modelo personalité, es la hora de lanzar un modelo dignité común a las ensambladoras nacionales afectadas por tan absurdo arrebato, que en nada contribuye a mejorar las tristemente deterioradas relaciones con los países vecinos.
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