La economía financiera moderna se construye sobre el principio de mercado perfecto, cuyo supuesto minimiza las asimetrías de información e incrementa la eficiencia de los mecanismos de asignación de recursos, soportada por la notable sofisticación tecnológica que habilita esta posibilidad. En la era de la cibernética, estructuralmente esta idea 'legitima' la iniciativa de desregulación, pues supone la incorporación de mecanismos de balance y ajuste inherentes a los agentes del mercado.
Pese a esta ideal declaración, con soberbia hemos pretendido objetivar nuestra subjetividad, olvidando que los agentes del mercado -personas como usted o como yo- revelan un comportamiento aún primitivo en la naturaleza humana, estimulado por la noción de éxito que predomina en el mundo occidental, y condicionado por los incentivos sobre resultados.
En consecuencia este modelo ha inducido una distorsión de valores (financieros y sociales) en la gestión empresarial, pues el paradigma -o quizá dogma- reinante es el fin que justifica los medios, privilegiando el manejo discrecional de la información con la que se da forma (latín in-forma) a las expectativas y percepción del mercado, dado que la cotización pública (en bolsa) es el driver preferencial para liquidar la compensación ejecutiva.
No obstante al recurrente registro de anomalías (como la burbuja del valor hipotético a futuro en la mítica Enron) al que subyace la 'mano visible', paradójicamente la intervención de la crisis ha dejado inadvertidas de forma impune -e ingenua- las consecuencias de ésta insostenible fórmula. De hecho, nuevamente se repartieron millonarias bonificaciones a directivos -quienes no se responsabilizaron de la reestructuración de empresas en bancarrota- con recursos provenientes del erario que, aunque perjudicado, asumió el rol de salvamento y no de regulador.
Crisis como la actual son de interés, porque (en teoría) implican un aprendizaje, una reevolución en la forma de concebir al mundo -ojalá más completa- para transformar los modelos que predominan en un instante dado. Sin embargo, inquietan estos antecedentes, pues en retrospectiva sabemos que acciones como la absorción de 'activos tóxicos' también representan incentivos empresarialmente perversos y socialmente injustos en cualquier momento del ciclo económico, pues en cualquier caso socializan las pérdidas y privatizan las ganancias.
Los números son exactos, pero la sicología no; los medios sostienen y los fines sustentan. Esta gesta de los mercados perfectos conserva la impronta de una historia de involución cultural que requiere intervención educativa antes que regulatoria.
Todos somos responsables de construir un futuro sostenible: si apostamos con integridad a los valores, todos ganamos.
gevargas@gmail.com
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