Hace unos meses alguien se ofreció a llevarme a uno de los mejores almacenes de carteras piratas en Shenzhen, a menos de una hora de Hong Kong, en China continental.
Aunque no sufro de obsesión por las carteras que aqueja a muchas de mis congéneres, pudo más la curiosidad y decidí ir.
Más que un almacén el lugar era un depósito en un edificio contiguo a un hotel, con filas y filas de estanterías sobre las que reposaban, relucientes, los últimos modelos de bolsos Louis Vuitton, Hermes, Channel y varias marcas más.
La dueña del depósito era una joven china que hablaba buen inglés y explicaba con orgullo cómo sus copias eran prácticamente imposibles de distinguir de los originales. Sally, como se hacía llamar la empresaria, era una experta en cuero y herrajes y se veía que conocía su negocio al derecho y al revés.
Después de ese día nunca la volví a ver, pero tengo la impresión de que la crisis económica le ha venido bien.
No solo debe haber menos gente con ganas de pagar la cantidad exorbitante que cuesta una auténtica cartera de marca, sino que con la caída en la producción industrial en China, el Gobierno está menos interesado en perseguir empresarios y cerrar fábricas, así sean de artículos ilegítimos.
Es imposible saber el efecto que la crisis económica tendrá en esa economía paralela, pero creo que la batalla contra la piratería y las falsificaciones se va a seguir librando, porque ser la fábrica mundial de copias no es un título que a China le enorgullezca llevar.
Las estadísticas muestran que en los últimos años el número de aplicaciones para la obtención de marcas y patentes en el país asiático ha crecido significativamente, mientras que la calidad de los jueces que resuelven casos de propiedad industrial ha mejorado.
Eso no significa que no hay distorsiones. Muchas de las aplicaciones son presentadas por fabricantes de copias que quieren legalizar sus productos. En otros casos el examen de los pedidos de patentes es tan minucioso, que acaba siendo transferencia de tecnología encubierta.
Sea como sea, China tiene ahora una estrategia nacional de propiedad intelectual y eso es importante.
El problema de fondo, por supuesto, sigue siendo la demanda. La sociedad percibe la piratería como un delito que no tiene víctimas y a los ojos de mucha gente los falsificadores cumplen un papel de Robin Hood que roba a los ricos en beneficio del resto de los consumidores.
La industria afectada por la piratería sostiene que las carteras y los DVD son solo la punta del iceberg y que el comercio de productos ilegítimos se ha extendido a segmentos críticos como repuestos de carros, detectores de incendio, partes de aviones y remedios.
No creo que las redes que trafican réplicas de bolsas o relojes chiviados sean las mismas que venden en África remedios contra la malaria que no hacen efecto, pero no es descabellado pensar que el comercio de los unos lleva al de los otros.
De cualquier manera, a los consumidores les cabe pensar si vale la pena seguir alimentando esa industria paralela que no paga impuestos, que genera empleo en condiciones dudosas y que en muchos casos está ligada al crimen organizado.
adrilarotta@yahoo.com
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