No hay peor cuña que la del mismo palo. Confieso que por herencia familiar crecí en un ambiente donde los toros eran sinónimo de cultura, arte y poder, pero descubrí con los años que este espejismo le ha hecho mucho daño a nuestra sociedad.
Si bien es cierto que una minoría sigue imponiendo estas bárbaras costumbres de placer, vendiéndonos la idea de una tradición ancestral que se tiene que cultivar como legado para las futuras generaciones entendí que, por el contrario, es la semilla que impide la evolución de nuestra sociedad, alejándola de la mayoría de los países civilizados que lograron recuperar sus raíces, dándole la prioridad a la dignidad y al respeto a la vida.
Los colombianos nos acostumbramos a la lenta y muy perceptible agresividad que se ha apoderado de nuestro ambiente. Basta sintonizar noticieros o leer diarios nacionales para ratificar que los programas más violentos son los que transmiten nuestra realidad.
Los secuestros, masacres a manos de 'paras' o de guerrilla, petardos en medio de ciudades, desapariciones forzosas, falsos positivos, violencia intrafamiliar, hinchas furibundos que se agreden por una irracional competencia, son el resultado de una sociedad enferma por la violencia que nos ha hecho perder el norte y nos convierte en entes inmunes al dolor ajeno.
No contentos con este panorama queremos aferrarnos al circo romano, invitando a nuestros familiares y amigos a presenciar espectáculos tan grotescos como las peleas de perros o de gallos, ferias taurinas, circos donde maltratan animales, y todo con la benevolencia del Estado, así su Constitución tenga como base el derecho a la vida.
Mientras el mundo avanza en conceptos tan necesarios para la humanidad como el desarrollo sostenible, la educación como motor de los derechos humanos y la armonía con el ecosistema, que se constituyen en los Objetivos del Milenio, seguimos aquí librando nuestra guerra fraticida. Luego nos preguntamos ¿por qué seguimos siendo un país tercermundista?
Soy consciente que esta cadena de violencia se nutre de un sinnúmero de injusticias y de las notorias desigualdades sociales, pero también sé que mientras existe un problema macro que requiere la mejor de las voluntades de nuestros gobernantes debemos centrarnos en la célula de nuestra sociedad que es la familia, en donde se deben cambiar las costumbres de agresión e intolerancia con el entorno.
Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que la hemos convertido en un arma política para conseguir votos. Hoy la lucha contra los insurgentes la combatimos con más violencia, lo que sin lugar a dudas la ha mantenido y mantendrá muchos años más. Se ofrece guerra cuando en el mundo civilizado hace lo contrario, o si no preguntémosle a Obama ¿por qué ganó?
En la intimidad de nuestros hogares patrocinamos el maltrato y crueldad con los animales, el irrespeto a la naturaleza, la contaminación del medio ambiente, promocionamos la cultura del dolor, así salgamos con camisetas blancas a exigir lo contrario. Por esta contradicción de exigir la paz haciendo la guerra tenemos tan efímeros resultados.
En nuestras manos está impedir que una minoría siga manipulando el derecho de la mayoría de colombianos. Por esto, convoqué el pasado 12 de febrero en el Salón Elíptico al Primer Foro Nacional contra el Maltrato Animal, donde participaron los diferentes actores de esta realidad nacional y presentamos proyectos con el fin de hacer una gran ley marco sobre el tema.
No sigamos de convidados de piedra en la faena de la muerte.
Llegó la hora de trascender con reales acciones de paz.
sanchezca42@hotmail.com
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