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La verdadera hecatombe de Wall Street

Publicado el 15-01-09

No basta dictar normas, es preciso controlar su aplicación. Pero, ante todo, es necesario recuperar los valores de una sociedad inmersa en los resultados de sus propios errores.

La caída, que no cesa de producir efectos, ya estaba precedida de escándalos que comprometieron importantes empresas norteamericanas y europeas en los años noventa. Y como si cada mañana quisiera rivalizar con la anterior en noticias desestabilizadoras, el mundo vivió la época navideña enterándose en detalle de la estafa de Bernard Madoff, cuyas cifras hacen escalofriar. Bajo la presión inmisericorde de hechos de esta naturaleza que minan la confianza y llenan de incertidumbre, uno se pregunta qué pasó. Son muchas las respuestas que comienzan a darse. En el caso de Estados Unidos la multiplicidad de controles, la moda de la desregulación, la diversidad de disposiciones estatales y federales, la ausencia de un supervisor unificado y el debilitamiento de los existentes, pudieron contribuir a lo ocurrido. De hecho, en el caso colombiano la estabilidad en el sector financiero contrasta con la hecatombe norteamericana. Y aún en Inglaterra y pese a las críticas, la FSA ha mantenido una visión global del sistema que no tenían las autoridades norteamericanas.

Además, hay que recordar que para responder a los desmanes de Enron y otras entidades, los legisladores reaccionaron en forma primaria, como lo habían hecho con la Patriotic Act, luego del 11 de septiembre, sacando la Ley Sarbanes Oxley y comprometiendo siglos de civilización jurídica occidental al reemplazar, en muchas formas, el principio de buena fe por el de mala fe. Lo que no produjo un control más eficiente, sino el encarecimiento del control, al punto que importantes empresas norteamericanas, emisoras de valores, se desplazaron al mercado londinense, ni evitó la colocación masiva en el mercado de papeles sin respaldo, poniendo en evidencia que más severa regulación no genera per se mejores resultados.

El error es garrafal y persistente: creer que los problemas se solucionan con dictar normas que frecuentemente no se aplican o terminan eludiéndose pero que, bajo el culto al derecho formal, permiten a algunos dormir tranquilamente hasta que todos despiertan y encuentran que la pesadilla se ha convertido en una dolorosa realidad. Sin entender que nada parece ser suficiente para controlar los apetitos de 'los hombres malos' que actúan con el propósito de defraudar la confianza en ellos depositada o se comportan con negligencia culpable que produce similares calamidades para los inversionistas. (Para ver cómo deben manejarse correctamente los intereses de terceros, consultar el libro, recientemente aparecido, Portafolios de inversión de Juan Carlos Varón Palomino. Ediciones Uniandes. 2008. Bogotá).

Pero el problema, además, es permitir que se dañe el hombre, sin hacer hasta lo imposible por evitarlo. Ninguna norma es suficiente, ningún control es eficaz, si no logramos recuperar un hombre con valores que, alejándose de la obsesión por el dinero fácil, pueda convertirse de nuevo en el punto de equilibrio de un sistema de vida que parece empeñado en acabar. Si, en fin, no rescatamos el principio de que la administración de bienes de terceros impone rigor, profesionalismo y honestidad ejemplares, no podremos lograr que ella perviva como actividad legítima en nuestra sociedad. 

srodriguez@rodriguezazuero.com

SERGIO RODRÍGUEZ AZUERO Profesor emérito y honorario de la U. del Rosario

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