En Navidad el mundo perdió dos influyentes intelectuales, disímiles en sus ideas, pero ambos políticamente incorrectos: Samuel Huntington y Harold Pinter. Sus muertes pasaron casi inadvertidas.
Ambos fueron pródigos en manifestar sus verdades, verdades que dolían, que sacaban ampolla, en un mundo que, como decía Pinter, está poco interesado en conocer la verdad. Huntington tuvo más éxito en dicha tarea, pues las escribió. Pinter diferenció su obra escrita de su pensamiento; ellas son magníficas por razones literarias; nunca cayó en el panfleto, común en autores de esa generación, pero nunca dejó de opinar.
De Huntington, El orden político de las sociedades en cambio (1968) es un clásico de la ciencia política, pero su reconocimiento solo llegó en 1993 con ¿Choque de civilizaciones?.
Su visión del mundo después de la Guerra Fría, al hablar del declive de la civilización occidental y del nuevo auge de la cultura islámica y de otras asiáticas y su inevitable confrontación, controvirtió el pensamiento convencional y promovió, como deben hacerlo los intelectuales, una profunda polémica. Su análisis fue premonitorio de los ataques del 11 de septiembre.
Polémica similar creó al publicar ¿Quiénes somos? Los retos de la identidad americana, en referencia a la amenaza de la inmigración latina hacia Estados Unidos. Podemos discrepar de sus posturas y obras pero nunca negar su pertinencia para promover la polémica ni la solidez de sus argumentos, en defensa de su país y de sus creencias.
En distinta orilla, se dice de izquierda, vivía el dramaturgo británico Harold Pinter. Poco conocido por los hispanoparlantes, recibió en el 2005 el Premio Nobel de Literatura.
En su memoria, Broadway apagó luces todo un día. Existen pocas obras suyas en español. Mejor, por lo mal traducidas. Su trabajo me parece extraordinario, tanto de leer como de apreciar; esto último cuando el montaje hace honor a su espíritu, algo poco frecuente.
Su notoriedad se debió también a sus fuertes posiciones políticas, incorrectas bajo todas luces, dirigidas a hacer conocer la 'verdad'; atacó sin piedad a quienes usan el poder para mentir y aferrarse al mismo; fue defensor de las libertades individuales y de los derechos humanos. Nada ni nadie logró callarlo. Al aceptar el Nobel, dijo: "A la mayoría de los políticos no les interesa la verdad, sino el poder. Para mantener ese poder es esencial que la gente permanezca en la ignorancia. Lo que nos rodea entonces es una vasta red de mentiras" (léanlo, vale la pena). Se refería a Bush, a Blair y demás aliados, con relación a Irak.
El mejor homenaje a estos dos intelectuales es seguir su ejemplo.
Buscar y decir la verdad, así sea nuestra verdad, así duela, pero creyendo en ella; nunca callar, llamar las cosas por su nombre, defender las libertades, ser incorrectos políticamente.
*Columna de la Fundación Buen Gobierno.
PUBLICIDAD