La negociación del salario mínimo fue otra apología a la tragicomedia.
Parafraseando al '18 Brumario de Luis Bonaparte', un ensayo sobre plebiscitos que perpetúan el poder (cualquier parecido con el presidencialismo latinoamericano es pura coincidencia), las vicisitudes de la historia son tragedias que se repiten cíclicamente hasta convertirse en comedias monolíticas. Condenados a repetir esta historia en el olvido, evocamos sofismas como la escenificación de la tierra prometida (reforma tributaria estructural), o la tierra de nunca jamás (apertura y modernización empresarial).
Para cerrar el telón, la definición del salario mínimo tiene de mi parte la máxima votación. Quiero compartir mi reflexión sobre el proceso y su propósito (considere usted el resultado).
Para empezar, en términos del proceso, con mis estudiantes en la universidad exploramos la negociación integradora, como una herramienta para la vida. Según este método, un proceso puede ser evaluado con 3 criterios: 1) inteligencia, si posibilita un acuerdo racional que incorpora los intereses legítimos de las partes (gana-gana); 2) equidad, que según el contexto refiere igualdad, reciprocidad, o necesidad; y 3) eficiencia, consecuencia de las anteriores, donde la confianza incentiva la reducción de los costos de transacción en procesos futuros.
En términos del propósito, la Constitución consagra "la remuneración mínima, proporcional a la cantidad y calidad de trabajo" como principio fundamental y designa a la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales la función de "fijar de manera concertada el salario mínimo".
Según el enfoque propuesto, me inquietan 3 cosas: 1) la proporcionalidad, en un país que 'carece' de instrumentos confiables de gestión, es decir, información; 2) la permanencia, pues esta comisión aborda en fiestas decembrinas la 'celebración' del proceso; y 3) la concertación, pues la tradición ha reducido el resultado a un decreto unilateral cuya potestad se auto califica 'justa y conveniente'.
Efectivamente, este escenario tripartito, que se configura de empresarios, trabajadores y Gobierno, se enmarca en una lógica propia de un juego de suma cero, es decir, donde hay ganadores y perdedores. Me pregunto si las partes deberían asistir a un curso de negociación integrativa, pues su modus operandi ha impedido un diálogo donde la productividad esté en el foco de la gestión empresarial, mientras el regateo ha terminado por guiar al país a un salario mínimo de referencia de menos de 3.000 dólares anuales que, comparado con el salario de bienestar basado en la paridad de poder adquisitivo propuesta por el FMI de 7.300 dólares para nuestro país, implica un balance negativo, pues en definitiva el mercado sufre las consecuencias de la pérdida de confianza y esperanza (ver: Mercer's 2008 Cost of Living survey highlights).
Ésta es otra muestra gratis de cómo en la Patria Boba predominan las aisladas causas históricas y, con esto, la pérdida del foco holístico y prospectivo de sus efectos. Uno de mis deseos de fin de año fue que en Colombia avanzaríamos por el camino de la concertación integrativa. ¿Será que se me cumple el deseo?
german.vargas@cerrejoncoal.com
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