Con la economía mundial de capa caída, los precios del petróleo se han venido abajo. La recesión mundial ya decretada, la demanda de petróleo disminuye y, como resultado, el precio del barril emprende su marcha regresiva. Los miembros de la OPEP, que dependen del petróleo como las pulgas de los perros, tratan de ponerse desesperadamente de acuerdo para recortar la producción y frenar así la caída de los precios.
Hace apenas unas semanas, el barril se mantenía por encima de los 100 dólares. Cualquier elemento parecía suficiente para que el precio diera un salto hacia adelante: un huracán en el Golfo de México, unos ingenieros petroleros secuestrados en Nigeria; un conato de conflicto en el Medio Oriente o en el Cáucaso; la posibilidad de un invierno rudamente frío; refinerías insuficientes; inversionistas ansiosos apostando por un precio alto; la demanda insaciable de China; una amenaza de Chávez, Ahmadineyad, del dúo Putin-Medvédev o de cualquier otro petro-presidente.
Pero al igual que suben, los precios también pueden bajar en cualquier momento. Y de manera vertiginosa. Sin embargo, hasta hace unas pocas semanas, el barril se había mantenido por encima de los cien dólares, barrera imaginaria que muchos predecían como el peor escenario.
Lo que sí es cierto es que la incertidumbre se ha apoderado de todos. Pocos se atreven a establecer escenarios a corto plazo, por temor a caer en el error y empañar su credibilidad en el intento.
Los Estados Unidos están en recesión y las elecciones venideras no parecen despejar el panorama; McCain confiesa no saber mucho de economía; ha elegido a Palin como llave en su carrera hacia la Casa Blanca, que por el hecho de haber sido gobernadora de Alaska se jacta de conocer el sector petrolero. Por su lado, Obama propone reformas que de seguro tendrán costos muy altos, sin precisar cómo las va a financiar; ¿tal vez obligando a las empresas petroleras a pagar mayores impuestos?
Hasta los Sauditas, acostumbrados a nadar en un delicioso mar de petrodólares, están padeciendo las consecuencias de la crisis financiera mundial. Los altos precios del petróleo les han traído, además de prosperidad, una inflación de doble dígito. Incluso, están hablando de crear un fondo petrolero cuyos recursos se destinen a comprar tierras fértiles fuera de su árido territorio, buscando reducir la onerosa dependencia de alimentos importados.
Tal vez tenga razón Matthew Simmons cuando sostiene en su teoría del "peak oil" que la producción de petróleo hace tiempo que alcanzó su punto más alto y que cada vez habrá menos crudo. Ni siquiera con el descubrimiento de nuevos yacimientos, ni con el uso de tecnologías innovadoras se podrá detener esa tendencia. En el fondo, es sólo una cuestión de tiempo: la tecnología logra retrasar lo que de cualquier manera ocurrirá.
La tendencia alcista de los precios del barril se mantiene latente. Incluso ahora en tiempos de crisis económica y demanda reducida. Así, el espectro de un nuevo repunte puede resurgir en cualquier momento.
En una coyuntura de crisis e incertidumbre como la actual, a las empresas de todo sector no les queda otra opción que concentrarse en estrategias eficaces e innovadoras para reducir costos, aumentar la competitividad y agilizar sus procesos. Y a nivel individual, pues tal vez tendremos que ahorrar más electricidad, utilizar menos el carro, reciclar desechos. O, como ha hecho Simmons recientemente, comprarnos una finca donde sembrar frutas y hortalizas. Nunca se sabe.
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