Es difícil explicarse por qué con huracanes azotando las costas del Golfo de México y Rusia defendiendo su posición en Osetia del Sur y Abjasia, los precios del barril de petróleo hayan bajado un poco los últimos días. Pero como bajan también pueden subir en cualquier momento. De hecho, ya lo están haciendo. Los factores que motivan las alzas y bajas de precio son complejos, impredecibles y a menudo sorprendentes.
Lo que sí es cierto es que el mundo parece estar resignándose a un barril por encima de los cien dólares, barrera imaginaria que muchos predecían como el peor escenario. Pero aunque no sea el fin del mundo, la coyuntura actual no deja de ser preocupante. Los Estados Unidos están en recesión y las elecciones venideras no parecen despejar el panorama; McCain confiesa no saber mucho de economía; ha elegido a Palin, gobernadora de Alaska y por ende conocedora del sector petrolero, como vicepresidenta en su carrera hacia la Casa Blanca. Por su lado, Obama propone reformas que de seguro tendrán costos muy altos sin precisar cómo las va a financiar; ¿tal vez obligando a las empresas petroleras pagar mayores impuestos?
Muchos países europeos están igualmente entrando en recesión. En todos lados, los precios de los alimentos aumentan. Y es que el alza de los precios del petróleo afecta el transporte, la producción de derivados y petroquímicos, y toda la cadena de distribución.
Hasta los sauditas, nadando en un mar de petrodólares, están padeciendo una inflación de doble dígito. Incluso están planeando crear un fondo petrolero cuyos recursos se destinen a comprar tierras fértiles fuera de su árido territorio buscando reducir la onerosa dependencia de alimentos importados.
Tal vez tenga razón Matthew Simmons, cuando sostiene en su teoría del peak oil que la producción de petróleo hace tiempo que alcanzó su punto más alto y que cada vez habrá menos crudo. Ni siquiera con el descubrimiento de nuevos yacimientos ni con el uso de tecnologías innovadoras se podrá detener esa tendencia.
En el fondo, es solo una cuestión de tiempo: la tecnología solo logra retrasar lo que de cualquier manera ocurrirá.
Aunque es cierto que los esfuerzos por desarrollar energías alternativas incrementan en coyunturas como la actual, las experiencias anteriores demuestran que esas medidas tienden a ser de corto plazo.
Para colmo de males, la capacidad de refinación es cada vez más limitada. Las refinerías que existen no se dan abasto y las empresas petroleras que antes las construían evitan hacer inversiones tan costosas.
La saciedad de la demanda no va a calmarse en los próximos años. ¿Acaso China no acaba de firmar un contrato de 3 billones de dólares para desarrollar el petróleo iraquí?
La diplomacia del petróleo siempre ha formado parte de estas coyunturas en que los precios del crudo vuelan por las nubes. Lo fue durante los grandes shocks petroleros de 1974 y 1979, durante la guerra entre Irán e Irak, durante la invasión de Kuwait por Irak. Y lo sigue siendo ahora. ¿Cómo explicar las posiciones vindicativas de Putin-Medvédev, Chávez, Ahmadineyad, y de todos aquellos gobernantes que se sirven del petróleo para cimentar su poder dentro y fuera de sus países?
Con un barril de petróleo por encima de los 100 dólares, las empresas tendrán que concentrarse en estrategias eficaces e innovadoras para reducir costos, aumentar la competitividad y agilizar sus procesos. Y a nivel individual, pues tendremos que utilizar menos el carro, ahorrar electricidad, reciclar deshechos. O, como lo acaba de hacer Simmons, comprarnos una finca donde sembrar frutas y hortalizas.
cbaena@gstratconsulting.com
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