En estos días tuvieron lugar dos hechos aparentemente inconexos, pero en el fondo hermanados. El primero fue el aniversario del colapso de Lehman Brothers, que significó el estallido de la crisis financiera internacional. El segundo hecho fue la conclusión del abierto de tenis de Estados Unidos, que en su recta final estuvo lleno de sorpresas.
¿Y qué tiene que ver la crisis financiera con un campeonato de tenis? Que los dos hechos muestran dos caras de la humanidad, una desoladora y la otra esperanzadora. Como es natural, la desolación viene por el lado de la crisis. Y no lo digo por su impacto sobre la actividad productiva, pues el balance después de un año no es tan malo como podría ser: ya empezaron a aparecer brotes de recuperación y el impacto en buena parte de América Latina no fue tan grande como se esperaba.
Digo que el panorama es desolador, porque sigue imperando la ley del más fuerte: los poderosos salen indemnes y los demás llevan el bulto. Un año después del hundimiento de Lehman Brothers, el sector financiero estadounidense está más concentrado que nunca, los bancos han vuelto a arrojar grandes utilidades y sus directivos siguen recibiendo jugosos bonos. Entre tanto, los contribuyentes ven cómo el Gobierno estadounidense se mete en un déficit inédito para salvar a los pobrecitos bancos, mientras el ciudadano corriente tiembla ante un desempleo que ya bordea el 10 por ciento. ¿Moraleja? El viejo truco de la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas. Para rematar, la reforma financiera prometida por Obama sigue siendo tan solo eso... una promesa.
Ante ese panorama, dan ganas de mandar todo al diablo y ponerse a llorar por la humanidad que nos ha tocado. Pero de repente uno se da cuenta de que no siempre ganan los más fuertes y que no todas las lágrimas son amargas. También hay lágrimas dulces como las de Juan Martín del Potro cuando recibió el trofeo de campeón del abierto de Estados Unidos, tras una admirable faena. Su mayor logro no fue haberse coronado campeón de un torneo Grand Slam a los 20 años, derrotando a un Roger Federer que parecía invencible. Su verdadero mérito fue haberle ganado contundentemente a ese epítome del triunfalismo y la arrogancia llamado Rafael Nadal, quien ejemplifica a tal punto la depredación y la fuerza que está acabando con su cuerpo de tanto exigirlo.
En el mismo torneo tuvo lugar otra epopeya, cuando Kim Clijsters derrotó a la favorita Serena Williams. Y no fue cualquier triunfo: Clijsters venía de estar dos años lejos de las canchas y de haber dado a luz una hija que la seguía desde las tribunas con su dulce mirada, mientras los padres de Williams (en esquinas opuestas, como corresponde a dos seres que se odian) seguían con sus miradas amargas las violentas amenazas de su hija a una juez de línea. Otra depredadora muerde el polvo...
Clijsters y Del Potro han demostrado que los más fuertes no siempre ganan, y me han llevado a hacer pública mi voluntad para el día en que el oligopolio de las telecomunicaciones nos lleve a un inminente recorte de canales: a mí que me quiten Bloomberg y me dejen ESPN, a ver si puedo seguir levantándome por las mañanas con algo de fe en la humanidad.
PUBLICIDAD