¿Habrá alguna palabra más fea que 'emprendimiento'? Aunque este pentasílabo puede dar un jugoso puntaje en Scrabble, hay que decir que es un hórrido pastiche cuyas partes encierran una aparente contradicción: la claridad del que emprende y la oscuridad del que miente.
La contradicción es aparente porque hay muchos emprendedores de mentiras. Por ejemplo, el otro día un amigo desempleado me soltó la siguiente queja, mientras digería el opíparo almuerzo que consumió por cuenta mía: "si hubiera una buena idea para hacer un producto, yo estaría dedicado al emprendimiento en lugar de estar conversando con usted". Yo iba a agradecerle que me tuviera en tan alta estima, pero pensé que no valía la pena perderle tiempo a un mentiroso: buenas ideas hay muchas y quien se queje de no encontrarlas es porque no las ha buscado.
Alguno dirá que no tiene sentido hablar de emprendimiento cuando estamos tratando de salir de una recesión. Por el contrario, la historia muestra que muchos grandes proyectos empresariales han nacido en circunstancias económicas difíciles: Hewlett Packard nació en 1935, en plena Gran Depresión; Burger King surgió en circunstancias adversas en 1954; y dos titanes como Microsoft y Apple aparecieron en medio de la pavorosa estanflación de los años setenta. Si a pesar de estos ejemplos alguien no quiere oír que las crisis son buenos momentos para el emprendimiento, sugiero que se quite los audífonos: el iPod, una de las innovaciones más importantes de los últimos tiempos, nació en plena crisis de fines de los años noventa.
De modo que es cuestión de buscar las buenas ideas y la mejor manera es identificando las necesidades del consumidor. Antes de que me acusen de decir perogrulladas, hay que recordar que las empresas no han sido muy ágiles para convertir las necesidades de los consumidores en nuevos productos.
¿Cuántos años duramos revolviendo salsa de tomate con mayonesa en una taza, antes de que a alguna empresa se le ocurriera comercializar la salsa golf? ¿Cuántas décadas estuvimos mezclando maní con pasas en esa misma taza, antes de que alguien sacara al mercado esta exitosa combinación? ¿Durante cuántos siglos más seguiremos comprando por separado el queso y el bocadillo, porque ninguna compañía ha sido capaz de sacar un quesadillo que no deje un reguero de guayaba? Y he aquí la prueba reina: los eternos decenios en que arrastramos maletas por los aeropuertos antes de que alguien se rascara la cabeza y gritara: ¡La rueda!
Son muchísimas las necesidades insatisfechas que pueden dar lugar a buenos emprendimientos, pero como no se trata de limitar las fértiles mentes, sino de activarlas, aquí van tan solo unas cuantas. Hará un gran negocio quien venda silenciadores para las licuadoras de los restaurantes y para los minibares de los hoteles.
Se hará millonario quien resuelva el problema de los pitillos flotadores y quien complete las medias puertas que están de moda en las duchas de los hoteles boutique. Pasará a la historia quien diseñe una buena válvula para los botellones de agua y quien asesore a la Empresa de Acueducto de Bogotá para que entienda que un código de pagos electrónicos no puede tener once dígitos.
Finalmente, se consagrará el emprendedor que se ingenie una manera de evitar que se enreden los audífonos del iPod: tal vez no gane mucha plata, pero tendrá mis agradecimientos de por vida.
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