En los últimos días hemos presenciado una confrontación de planteamientos en la mejor tradición de Hobbes y Rousseau, pero aplicada al tema de la regulación económica. ¿Podemos confiar en la capacidad del hombre de domesticar sus instintos o conviene tener instituciones que lo controlen?
Dos hechos recientes reflejan respuestas totalmente opuestas a ese interrogante: un insólito episodio que tuvo lugar hace un par de semanas en la Universidad de Harvard y la presentación que hizo hace dos días Barack Obama de su propuesta de reforma financiera.
Empecemos por el exótico pronunciamiento que hicieron más de 400 estudiantes que se graduaron del MBA de Harvard el 3 de junio pasado. En un juramento que en por momentos evoca el de Hipócrates y por otros el de los Superamigos, los futuros protagonistas de las glorias y los desastres de la economía internacional se comprometieron a servir al bien y actuar con integridad, así como a evitar actos que satisfagan sus ambiciones, pero lesionen a la sociedad.
Aclaro que el juramento no me parece exótico por su contenido. Si la educación es uno de los esfuerzos más conspicuos (y también uno de los más fallidos) para domesticar las fieras humanas de modo que puedan vivir en sociedad, es razonable que una institución educativa emblemática trate de evitar que el egoísmo de los individuos termine generando acciones que perjudiquen a la sociedad. Lo que resulta sorprendente es que a estas alturas de la vida haya gente ilustrada (como deberían ser los graduandos de Harvard) que crea que eso se logra a punta de juramentos.
Los juramentos son simples palabras, y de las palabras a los hechos hay mucho trecho. Las palabras son un esfuerzo encomiable del hombre para pretender que su naturaleza es superior a lo que en realidad es, pero no será a punta de juramentos que se van a controlar los comportamientos humanos que generaron la crisis económica: codicia sin límite (todavía hay directivos de bancos quebrados reclamando sus bonificaciones), falta de sensatez (como la de quienes vendían casas de 400.000 dólares con una cuota inicial de 5.000 dólares) y la idea ilusoria de que se puede vivir alegremente al debe (lo que se evidenció en todo el espectro económico, desde el excesivo endeudamiento de las familias hasta el absurdo apalancamiento de los bancos de inversión).
Y si no es con juramentos que se van a controlar esos comportamientos, ¿entonces cómo? Con normas más estrictas, como las que propone el proyecto de reforma financiera presentado por Obama. A estas alturas no debería haber nadie que se pueda quejar de que le pidan a los bancos que aumenten sus reservas, ni de que se regulen los mercados de derivados o que se rompa el vínculo entre la remuneración de un funcionario y el riesgo de sus prácticas cotidianas con la plata ajena.
Pero por más absurdo que parezca, sí hay quienes se quejan: varios voceros del sector financiero estadounidense ya salieron a decir que la reforma propuesta por Obama es mala, porque les reducirá a los bancos el potencial de lograr utilidades. El hecho de que lo digan después de que el sector financiero perdió más de 3 billones de dólares durante la crisis demuestra que hay algo más grande que la codicia del ser humano: su estupidez. Y contra eso tampoco hay juramento que valga...
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