Ante el primer comentario no reaccioné, porque era uno de esos espasmos verbales propios de gentes quejumbrosas: "los economistas no fueron capaces de pegarle ni a una en esta crisis...". Tampoco respondí el segundo comentario, a pesar de haber venido de un amigo respetable y respetuoso: "los economistas deberían revisar sus paradigmas con esta situación".
Pero después de varios comentarios más, ante el enésimo no pude permanecer impávido: "con esta crisis quedó claro que los economistas aciertan menos que los astrólogos...".
Esas sí eran palabras mayores. Así como por cuestión de mi signo yo no creo en la astrología, por cuestión de mi ascendente no tolero una verdad a medias. Es posible que en su conjunto los economistas acierten menos que los astrólogos, pero no es cierto que no hayan visto oportunamente lo que nos venía pierna arriba.
En este punto debo aclarar que no quiero defender a los economistas en general, por dos motivos. El primero es que lo que la gente llama 'los economistas' no es un conjunto homogéneo. En esta disciplina hay más diversidad que en el Reino Vegetal, desde los que esgrimen modelos econométricos con la misma fe ciega con que los evangelistas esgrimen biblias, hasta los que no salen de lugares comunes como 'al final del día', 'no hay almuerzo gratis' y otras frases hechas de cóctel en coctel. El segundo motivo para no defender a los economistas es que los más valiosos que conozco, lo son justamente porque el rótulo les queda chiquito: son ante todo personas inteligentes e intuitivas, cuya agudeza supera por mucho su formación de economistas.
Lo que sí hay que defender es el papel de muchas personas que desde el quehacer de la economía vieron venir la crisis y avisaron oportunamente. Empecemos por la burbuja inmobiliaria, cuyo estallido se advirtió por allá desde el 2006. Sigamos por las hipotecas subprime, que fueron tan anunciadas, pero tan anunciadas, que terminaron haciendo parte del lenguaje popular.
¿Y los excesos crediticios y la falta de regulación financiera? Por cada seguidor de Greenspan que los defendía, había algún economista que los atacaba. Para no salir de nuestro terruño, hay que recordar los comentarios de cierta gente por allá en el 2007, cuando uno decía en los foros que la fiesta se estaba acercando a su fin: "estos pesimistas ya vienen a tirarse todo... deberían acusarlos de generar pánico económico".
Si hubo advertencias sobre lo que venía, ¿cómo se explica que no se hubiera evitado? Sencillo: porque una cosa son los economistas que analizan y otra muy distinta los funcionarios que toman las decisiones. Uno se puede desgañitar señalando una y otra vez un problema, y no faltará el funcionario que quiera tapar el Sol con la inmensa mano del poder. Pero el Sol siempre es más grande, como lo demuestra la decisión tardía e insuficiente de bajar el precio de la gasolina tras haber dicho que era un absurdo hacerlo. O como lo demostrarán las decisiones que habrá que tomar, tarde o temprano, de reducir las cargas parafiscales al empleo, de racionalizar la estructura tributaria y de cambiar a los funcionarios que están a cargo de las obras de infraestructura. Y ojalá sea más temprano que tarde, porque si no van a volver a decir que los economistas no vieron venir nada.
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